Vallenatos que perduran

Héctor Castillo Castro | hcastillocastro@hotmail.com | 16 noviembre, 2020

En el ambiente festivo de un barrio populoso de Cartagena en el que viví por un largo tiempo, los amigos y compañeros de andanzas, tal vez influenciados por la radio, la tv y el cine, fueron permeados por ritmos foráneos como el pop, el rock y la música afroantillana.

En mi caso fui marcado por la condición provinciana del vallenato, música que con sus historias y poesías apresaron mis sentimientos y se convirtió en una de mis grandes pasiones, la que he defendido contra vientos y mareas.

 De esa época conservo una graciosa anécdota. Siendo un muchacho de dieciséis años me tope´ con un compañero de colegio que hacía alardes de sus finos gustos por la cultura y la música anglosajona, el que desde que conoció mis inclinaciones por el acordeón y el vallenato, siempre intentó ridiculizarme, varias veces lo escuché decir:

“Oye Héctor, ya viste el último video en el que Michael Jacksón canta a duo, “beat it” con los Zuleta, ¡esa vaina es fenomenal.”, “¿Cómo andas de yuca rucha y corronchería ?, recocha con la que su bonchada se moría de la risas. Comprendí que sus sarcasmos y bromas, en el fondo, revelaban sus prejuicios y falta de identidad por nuestra música local.

A pesar de las oleadas de ritmos extranjeros que llegaban a Cartagena y los evidentes tabúes y prejuicios con los que se menospreciaba el vallenato, fui consecuente con mis convicciones. Me dediqué a coleccionar álbumes, cds, asistir a festivales y con la madurez intelectual que da la lectura y los estudios, comencé a realizar entrevistas y trabajos periodísticos e investigaciones sobre este género y algunos de sus grandes protagonistas.

Viví una época dorada en las que muchas orquestas y agrupaciones extranjeras llegaban a Colombia (años setenta y ochenta) para surtirse de canciones vallenatas y adaptarlas al merengue dominicano, la salsa, la charanga. En ese momento, una nueva generación de músicos y compositores bajo la influencia narrativa y musical de algunos juglares del acordeón del Magdalena y el Bolívar grande, iniciaron una nueva tendencia del vallenato, el lirismo, con la que no solo le cantaron al amor, a la amistad, sino también al paisaje, la fauna y los problemas sociales, económicos y políticos del país.

De esta tendencia musical, guardo gratos recuerdos de tonadas que marcaron una bella etapa de mi vida, historias convertidas en canciones como: “Los tiempos de la cometa” de Fredy Molina, «lloraré» de Gustavo Gutiérrez, “Mi Poema” de Rosendo Romero, “Campana” de Tomas Darío Gutiérrez, “Rio Badillo” de Octavio Daza, “Lo más bonito” de Roberto Calderón,“ Ya no vuelvo” de Mateo Torres, «Bendita duda» de Rafael Manjarrez, «A nadie culpo» de Julio Cesar Amador.

Obras de contenido social que aún siguen vigentes como “La ley del Embudo” de Hernando Marín, “Las bananeras” de Santander Durán Escalona, “Yo soy el indio” de Romualdo Brito y “La lavandera” de Daniel Celedón, canciones que se glorificaron en las voces de Jorge Oñate, Rafael Orozco, Poncho Zuleta, Elías Rosado, Silvio Brito, Diomedes Diaz, Beto Zabaleta,  Daniel Celedón, Otto Serge con acordeonistas de la talla de Miguel López, “Colacho” Mendoza, Israel Romero, Emilianito Zuleta, Juancho Rois, Emilio Oviedo, Pangue Maestre, Ismael Rudas y Rafael Ricardo.

Época en los que los Long play se escuchaban los solos de cajas de Pablo López, Rodolfo Castilla y el Pella Zuleta, las guacharacas de Adalberto Mejía, Adán Montero, Virgilio Barrera, las congas de Wilson Peña, Alfonso Calderón, Héctor Rojano y los bajos de José Vásquez, Camilo y Rangel “Maño” Torres, las guitarras de «Alcides Torres» y «Jorge Valbuena», los coros magistrales de Juan Piña, Jairo Serrano, Álvaro Molina, Julio Morillo, Hugues Fernández, Giovanny Caraballo, músicos que gozaban de autonomía para hacer gala de sus talentos.

Tiempos gloriosos en que se daban competencias sanas entre grupos vallenatos, cada uno daba lo mejor de su arte, se preocupan por grabar producciones de altísima calidad, las que eran esperadas con ansias a los que la gente en fiestas y parrandas dejaban correr por ambas caras.

No es cuestión de añoranzas, ni vivir del pasado, la vida es dinámica, fluye, cambia, es una realidad irreversible. Los cambios generacionales son necesarios, traen consigo bondades, cosas positivas. El vallenato como fenómeno, no ha escapado a dichas transformaciones sociales.

Así pues, a mediados de los ochenta y comienzos de los noventa, surgió una legión de jóvenes compositores, cantantes y acordeonistas que, con nuevas formas, lenguaje y expresiones melódicas, oxigenaron el vallenato lirico sin perder su esencia narrativa.

De esa fructífera etapa se podría citar canciones memorables como: “Que siga la fiesta” de José Alfonso Maestre, “Volver a la ternura” de Iván Ovalle”, “Después de tantos años” de Luis Egurrola, “No puedo olvidarte” de Efrén Calderón, » Por un error» de Jorge Valbuena, matizadas por las voces de Iván Villazón, Osnaider Brito, Jesús Manuel Estrada, Miguel Morales y los acordeones del “Cocha” Molina, Gabriel “Chiche” Maestre y Omar Geles, cuyos éxitos aún se siguen escuchando.

En el ocaso de los noventa, hubo un nuevo relevo generacional de jóvenes talentosos llamados “la Nueva Ola”, que sin dudas, viven realidades diferentes a los músicos que le antecedieron, se mueven en ambientes y circunstancias muchas de ellas impuesta por la lógica del mercado, que prioriza más la apariencia, el consumismo, lo light, más que la esencia, lo cual en cierta forma se ve reflejada en la crisis poética y narrativa actual de los intérpretes y creadores de este género.

Quizás por eso, la mayoría de sus producciones discográficas casi siempre tratan temas cursis, superfluos y están dirigidos a un público más dado al goce, a la rumba y el goce desenfrenado que poco escucha el mensaje de la canción.  Al final no trascienden, se diluyen.

Artistas como Silvestre Dangond, Peter Manjarrez, Luifer Cuello, Felipe Peláez, entre otros, gozan de la admiración entre el público joven, han cosechado algunos éxitos en el contexto nacional, sin embargo, sus últimas producciones no han tenido mayor resonancia.

Ante esta circunstancia surge una pregunta ¿si en las presentaciones y espectáculos, el público disfruta y tararea las canciones que cuentan bellas historias con poesías, por qué persisten en grabar temas con mensajes volátiles y monotemáticos.?

Dicen que a la hora de escoger o seleccionar las canciones son presionados por las disqueras, se quejan igualmente de la falta de difusión de las cadenas radiales y televisivas, al igual de las vacunas» o payolas que deben pagar a estos medios.

Si bien, hoy existe poco apoyo de los medios y la piratería ha llevado a la quiebra a muchas disqueras, no pueden ocultar que como artistas ganan más dinero por cada presentación que por las mismas grabaciones. Hoy tal vez resulta menos complejo hacer un compacto, los podrían producir en los estudios de grabación que han creado sus propios colegas.

Los hechos no mienten, la mayoría de estos interpretes se han desviado de las raíces del vallenato, crean fusiones con artistas de bachata, reggaetón, salsa y merengue dominicano supuestamente para llegar a mercados internacionales. Al final, el vallenato termina eclipsado por la musicalidad de dichos géneros y el sueño de conquista de nuevas plazas le ha sido esquivo.

En este contexto, el cantautor Marcos Diaz, preocupado por la crisis actual del vallenato instó a Silvestre Dangond  a “que cante vallenato” y no se aleje de sus raíces. Así mismo, surgió una polémica entre los compositores Iván Ovalle y Omar Geles, representantes del vallenato lirico, disputa que llegó al disco en el 2019. En “¿Adivinen quién es?” Ovalle, invitó a Geles a reencausar su talento en la defensa del vallenato tradicional y no pensar tanto en el lucro, en acumular dinero. Cuestiona a su colega por abandonar su estilo romántico y dedicarse a hacer fusiones de acordeón con ritmos ajenos al folclor.

Ante tal insinuación, Geles, le respondió con “Cualquiera no puede”, en la que le dice que él, es un compositor versátil que no se estanca en un solo género y tiene la libertad para crear vallenato y otros géneros musicales, creatividad que según el, Ovalle no posee. Afortunadamente los roces se superaron y las cosas quedaron en buenos términos.

Un año más tarde, Geles inquieto con el llamado que le hizo Ovalle, sorprendió al público con “La crítica”, pieza en la que cuestiona el facilismo de algunos sus colegas, la que fue llevado al disco por Jorge Oñate y Álvaro López: “Los nuevos compositores, han desviado el vallenato, han perdido la cadencia y originales relatos. Y ahora es puro para, pra, para, solo pin, pun, pan, pan, pan y ahora y que glu, glu, glu. Están desviando mi vallenato…

Frente a los reparos de sus colegas el compositor Rosendo Romero, exponente del vallenato lírico, le encuentra mucho arraigo “…el nombre “Vallenato” fue conquistado para nuestra música, por nuestros juglares que hoy no pueden disfrutar de lo que nos dejaron y si los jóvenes quieren heredar ese nombre; tienen que tocar vallenato, pues no podemos llamar vallenato a algo que no es son, puya, merengue o paseo. Lo de ellos es otra cosa, muy actual, sí. pero, hay que darle un nombre… ustedes tienen la bendición que Dios puso en esta región, háganle duro y parejo. Pero, no desperdicien en artes efímeros esa bendición… por eso es que no entiendo el por qué lanzan esos cantos como ¡Lo último, lo máximo!… y duran de dos o tres semanas y ya ¡No va más!”.

Para bien del folclor, hay todavía exponentes del vallenato clásico y lírico como Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Iván Villazón, Silvio Brito, entre otros, que, si bien han hecho fusiones o adaptaciones de otros géneros al vallenato, como “Bailando así”, “La espinita”, “El cuchuflo” y “Carmentea”, aún siguen guerreando en la defensa de ese vallenato con esencia narrativa y poética que perdura a través del tiempo.

Hay también muchas esperanzas en que ese semillero de niños y jóvenes talentosos que se observan en las redes sociales y festivales, se conviertan en salvaguarda del vallenato, hoy, patrimonio inmaterial de la humanidad.

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