Radio, difícil

Felu Rey Bracho | @revistamargen | 11 abril, 2020

Después de la década de los ochenta, cuando se retiraron o murieron los últimos creadores que le daban lumbre, la buena radio que se hacía en el Caribe colombiano lastimosamente desapareció.

Salvo mínimas excepciones, el dial de nuestras ciudades es un monótono rectángulo en que se agazapan la gritería infame de perifoneros, noticiarios con informaciones hurtadas a la internet, radioperiódicos de una “estrella” con derecho a la diatriba, programas musicales improvisados o sin libretos, espacios de “brujos” timadores, horas de jeringonza picotera donde la música es un estropicio de zozobra que pugna caótica con la chabacanería y las placas repetitivas… son moda ahora las trasmisiones que hacen un show con la burla a la intimidad y el decoro ciudadano.

Sus locutores ya no son caballeros del micrófono, su capa en el piso es la irresponsabilidad y el irrespeto… la lista es larga, usted lo sabe lector, mejor parar de contar.

Con mínimas excepciones, ya no se hace buena radio, radio sabrosa y viva. No se trata de viejos tiempos de añoranzas. Ahora hay más insumos para hacerla superior a la de antaño, pero no sale. Algunas universidades tienen más de diez promociones de comunicadores en la calle, pero no sube la calidad.

La mayoría de emisoras de la am ha desaparecido. En las que se resisten queda una insípida parrilla de espacios arrendados en que masacran al idioma castellano junto a las mínimas técnicas de redacción y creatividad.

Los sonidos de la radio terrígena no abundan en fondo y propuestas, parecen remiendos engendrados por la retórica hueca, la pereza y la desorientación.

Toda esa orfandad ha llevado a que penosamente hoy seamos colonizados por las cadenas de radio andinas. Lamentable. Desde La Guajira hasta el último pueblo de Córdoba somos prisioneros de una forma de hacer radio que no cala en nuestra idiosincrasia.

No nos llegan ni nos simpatizan sus chistes locales, no nos identificamos con sus dichos, anécdotas ni con el estilo de vida que divulgan. De eso quedan efectos aunados a los que trae la televisión serrana, somos un pueblo que pierde parte de su acerbo sin alternativas criollas.

Por eso, no hay más deporte que su sacrosanto y omnipresente fútbol (con sus colores y su fanatismo irracional), los personajes que se escuchan son los de ellos, no hay más humor ni humoristas en el país que los de su zona… somos una región con muchos oídos sin nuestras voces. No sé. Tal vez la radio en Colombia empezó a morirse desde la Costa Caribe.

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