Polvo que muere

Felu Rey Bracho | @revistamargen | 24 noviembre, 2020

Todos venimos al mundo sin saber a qué. Sin guía ni manual de instrucciones andamos por los caminos obligados de la vida, dando tumbos entre diez llantos y un acierto.

Lo bueno es que esa marca ineludible se olvida, de vez en cuando, al encontrarnos en el sendero con una sonrisa sincera, con el destello de un corazón amoroso, con esa canción que convertimos en himno de batalla, en el instante intenso de un triunfo, en un libro inolvidable, con la lluvia cantarina del tejado, con el murmullo de la brisa en el bosque o en el incondicional abrazo de alguien de la familia.

Pero, tarde que temprano, de nuevo vuelve el acecho borrando todo. La gente cercana muere. Nos afectamos y preguntamos para qué la vida. Tan efímera y artera. Y eso nos hace alertar: no estamos preparados para la muerte que sorprende y que duro muerde.

Golpea ver gente nueva caer. Existencias frescas y promisorias que sin historia se van. Devasta, igual, seres de apego que parten, arrancados sin más de nuestro desprevenido paisaje parental y de nuestros disminuidos afectos.

Los que tenemos padres que llorar anudados en el recuerdo, sabemos que hay un final ineludible que nada tiene de justo. Hijos solos en el mundo, huérfanos de todo, andamos con un vacío sin brújula que ni las flores en la tumba consuelan.

Esa terrible marca de la muerte me ha acompañado desde que tengo uso de razón. Recuerdo que de niño todas las noches antes de dormirme me asaltaban inquietantes presentimientos que atormentaban aquella frágil conciencia. Cavilaba sobre la muerte. En mis pensamientos reincidentes yo imaginaba como debía ser el momento en que se me iba la vida. Lloraba en silencio en la cama que compartía con dos hermanos. Me agobiaba la suerte de ya no pertenecer a mi cuerpo, que ya no era más yo, que estando muerto el mundo seguía siendo mundo y que ya yo no era más que un vacío como el aire, olvidado por siempre. Me dolía sin fondo ser ese pobre mortal vuelto a la nada de donde vino.

Polvo eres y polvo serás”, una vez escuché en una misa. Eso me dolió más cuando murió mi padre que era un hombre grande con todas sus letras. Antes que él muriera ya eso me había lastimado. Estaba sentado casi a media noche en el parque en un mes de junio de festejos patronales. Clara me llegó la melodía de un acordeón que seguía el canto de alguien que pedía “Si las vidas se compraran para tener de repuesto yo compraría una bien fuerte/ para dársela a mi viejo que es lo único que tengo y quiero que dure bastante/para cuando llegue la muerte a querérselo llevar podérsela traspasar y me dure para siempre/ porque hombres como este se merecen perdurar…”. Eso me cayó como un rayo hasta los tuétanos. Quedé, gélido, sin fuerzas, por largo rato. Un pequeño cervatillo devastado en la manigua de la penumbra que descubre que la muerte algún día se llevaría a papá. Niño solitario y lágrimas en medio de gente celebrante y ebria. Ese día lloré hasta la última gota la muerte de él. Muchísimos años después, cuando realmente sucumbió, ya no tuve más llanto para despedirle. Sólo un dolor avisado e injusto que arrebató a uno de mis más altos motivos.

Leo noticias y no me deleita ver huesos calcinados en Pompeya que hacen grande a un arqueólogo. Ni qué decir del cráneo desdentado y arcillosos del bravo cacique que la lluvia sacó del barranco en estas mismas tierras de boas y venados en que habitó y se creía inmortal. Veo en ellos a un ser humano que tuvo ilusiones y amó, igual que el astronauta de hoy que, desde afuera, mira por la ventanita de su nave a la esfera del mundo como una canica ínfima del universo.

Tampoco me gusta ir a un entierro a los panteones porque me recuerdan que algún día seremos el despojo que traerán los parientes en un féretro. Igual, no me agrada ver el rostro de los difuntos recién muertos, olorosos a formol y a flores en las funerarias, allí, muertos entre los vivos luctuosos, son muestra de la peor de las derrotas humanas. Quiero, mejor, tenerlos presente en las vivencias que nos legaron en vida.

Escribo esto para olvidar. Esta pandemia que parece traída de la Edad Media es una catástrofe para lo que nos queda de ilusión, inocencia y poesía. Es cruda y amenazante. No hay piedad ni tregua en ella. Por esta peste canalla veo rostros y nombres conocidos que ya no están. Todos se fueron asustados y sin oportunidades para seguir insistiendo con sus vidas. Se adelantaron como llamados por un cornetín inapelable a formar a contra voluntad un pelotón de lacerados sin rumbo en el infinito de quien sabe a dónde, con la mayor parte de sus planes destrozados. ¿Quién se acuerda ahora de ellos? Y eran carne y risa entre nosotros hace poco.

Nada es nada y punto. El consuelo (cruel) que queda lo dejó un mortal glorioso de la antigüedad, Epicuro de Samos, quien, como nosotros ahora en el siglo XXI, se atormentó pensando en la hora de la Parca y, de tanto cavilar en eso, sacó esta paradójica conclusión o contentillo que pone a pensar con los pies en este polvo que seremos:                       

“¿Por qué temer la muerte? Si, mientras existimos, ella no existe y cuando existe, entonces, no existimos nosotros”.

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