La sostenibilidad de la Paz

Jorge Sará Marrugo | jorgesarama@gmail.com | 22 agosto, 2020

“…eso que llamamos experiencia, no es el inventario de nuestros dolores, sino la simpatía aprendida hacia los dolores ajenos” Juan Gabriel Vásquez, El ruido de las cosas al caer, p 85.

Gonzalo Sánchez (2019) en su trabajo Memorias, subjetividades y política recoge una serie de reflexiones alrededor de la configuración del campo de la memoria como un escenario de “enunciación de derechos, de lucha social y de afirmación de identidades”.

La cesación de la confrontación armada, resultado de unos diálogos para poner fin a un conflicto de distintos caracteres y orígenes, han provocado en muchas regiones del mundo, una serie de procesos posteriores que han hecho difícil la consecución de los objetivos trazados en las mesas de concertación entre las partes. Sánchez, refiriéndose al caso colombiano, define las circunstancias de los post-acuerdos a través de seis “paradojas”.

La primera se refiere a que la terminación de la guerra no implica que se acabe la violencia. Sobre todo, en un contexto tan complejo como el colombiano donde hay unas diversidades de grupos armados irregulares con fines y modalidades heterogéneos.

La segunda señala que “una paz parcelada conduce a una guerra recurrente”, es decir, fragmentar el proceso de paz en negociaciones coyunturales con grupos específicos no ha garantizado ni siquiera el sostenimiento de una tranquilidad local, pues lo que ocurre frecuentemente es que otros grupos empiezan a ocupar el territorio nuevamente.

La tercera sostiene que “terminar la guerra no significa ignorar el conflicto”, algo que se veía venir, pues se tenía claro que el mantenimiento de las acciones armadas a lo largo del tiempo, habían permitido que la agenda social de la sociedad civil organizada (movimientos sociales, asociaciones civiles y sindicales) quedara oculta o pospuesta, algo que había sido aprovechado, en cierta forma, por los gobiernos nacionales.

La cuarta paradoja hace énfasis en el temor a la paz, manifestado de una manera hostil ante las posibilidades de que los actores armados ocupen espacios de disputa política, se implementen los mecanismos de verdad, justicia y reparación, y que los discursos militaristas muestren su anacronismo frente al electorado.

La quinta se relaciona con la tendencia de traducir “a costos las ganancias de la paz”, con lo cual no se contemplan las virtudes de la terminación de la guerra. Y, por último, “la paz cierra un tipo de conflictos, pero también abre otros”, con lo cual se pone a prueba, en cierta forma, las capacidades institucionales para mediar las diferencias, y la intensidad democrática de la sociedad para convivir bajo la tolerancia, el respeto y el consenso.

John Paul Lederach (2007) quien se ha dedicado a reflexionar desde la academia sobre la construcción de la paz, considera importante estimular la imaginación moral para trascender el ciclo de la violencia. Esta no corresponde a una cualidad ética o una virtud religiosa sino a la “capacidad de imaginar algo anclado en los retos del mundo real, pero a la vez capaz de dar a luz aquello que aún no existe” (p 63). 

Y en relación al asunto de la paz dicho concepto lo define como “la capacidad de imaginar y generar respuestas e iniciativas constructivas que, estando enraizadas en los retos cotidianos de la violencia, trasciendan y en última instancia rompan los amarres de esos patrones y ciclos destructivos” (pp 63-64).

En ese sentido, para Lederach, el contexto de la paz puede estar en la ocasión de unos acuerdos o en medio de la acción bélica. La temporalidad de esta apuesta debe trascender la coyuntura de pactos para pensar en un punto de inflexión de larga duración.

La paz, por tanto, no será resultado de un acuerdo desde el centro, sino un proceso local y regional construido en plataformas conformadas por el diálogo entre improbables, siguiendo a Lederach, y tal vez, solo así, la experiencia del dolor se comparta y se cree el presente de doscientos años que requiere la paz.

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