La noche que vi a mi ángel

Felu Rey Bracho | @revistamargen | 26 octubre, 2020

Tenía un poco más de cuatro años cuando le escuché a mamá que la virgen María le había dicho recientemente en un sueño que me cuidara mucho, que me prestara atención, porque yo iba a ser entre sus hijos uno de los que más lejos iba a llegar con sus capacidades.

La primera vez que me lo manifestó me causó mucha curiosidad. ¿Cómo que la virgen que estaba en un cuadro de la pared de la casa, la madre del niñito de rizos de trigo que sonreía en sus brazos, le hablaba de mí? Intrigado le pregunté que qué más le había dicho esa señora de cara bonita. “Sólo eso”, aclaró en tono cortante. “Yo pienso que te conoce mucho y sabe lo que tu harás cuando seas grande, en tu futuro”, cerró el tema poniendo cariñosamente la punta del dedo índice de su mano derecha en mi frente.

Aquello, con el paso del tiempo, se convirtió en un bien guardado secreto familiar entre ella y yo.

Las otras veces que retomó ese mensaje celestial ya no me fue tan inquietante. Pensé que ella lo hacía para fortalecer mi comportamiento inquieto y movedizo que no paraba de preguntar, de trepar cercados y bestias en el patio. Creo que surtió un positivo efecto en mí, ya que en las pocas veces que flaqueaba mi compostura ella me recordaba esa revelación de la virgen, así pasaba hasta la vez que de nuevo la encaré cumplido mis nueve años. “¿Mamá te acuerdas de tu sueño con la virgen?”, indagué con cierto temor a ser regañado por imprudente. “…”, respondió sin dejar de hacer presas la gallina que yacía sin plumas en el mesón. ¿Ajá, qué pasó con la virgen?”, inquirió.  “Es que… no sé si eso fue verdad o usted se lo inventó…”, le dije preparando las piernas descalzas y mohosas para la carrera. Ella me miró con sorpresa. Luego se echó a reír, pero no era una risa de burla. “¡Claro que es verdad!… Sí…ella me dijo eso. Lo único que no sé es que si tendré vida para llegar a saberlo”.

A partir de allí ese tema jamás fue tocado por los dos hasta el día de su muerte.

Han pasado muchísimos años de aquello. Dentro de mi vida de aciertos y tumbos he logrado algunas experiencias y modestas cosas de las que me he sentido orgulloso, ya que en mi cómoda silla de hombre maduro no he tenido prisas ni afanosos ímpetus de gloria.

No sé por qué, pero recientemente se me vino a la mente aquel cuadro de la virgen vestida de azul y rojo subida a una nube del que no supe su paradero final. La imagen de la santa con su fulgente niño aún la tengo intacta en mis recuerdos. Todavía sigo esperando en mis sueños la aparición de ella, aguardando a que me diga qué tanto de la verdad de esa visión he logrado o en qué rescoldo de mi camino revelado voy andando bien o si tomé el rumbo extraviado.

Mi abuelo, el padre de mi madre, es otro caso, también tenía sus historias con santos. Él ha sido de los pocos seres humanos que más he admirado. Dulce, sabio y sencillo, con todo el tiempo para sentarse sin prisas al lado de un niño a platicar de cosas que el resto de adultos estimarían una simple pérdida de tiempo.

Recuerdo la mañana que llegó a casa en su manso jumento pelo de ratón. Él, que tenía un inmenso hato y muchos caballos de postín, prefería andar al trote seguro, muy cerca del suelo, de su pequeña montura. Vino a visitar a su hija y a sus nietos.

Al poner los pies en la sala me vio en cuclillas jugando con los grandes capullos blancos de la flor de bonga dispuestos sobre el fondo invertido de una lata de cinc. El viejo se me acercó sonriente, se arrodilló a mi lado y me abrazó hablándome palabras cariñosas. Entonces vi que sacó su gruesa navaja suiza liberando uno de sus cuchillas. Sentí temor. Pero él me tranquilizó con la cálida sonrisa de su caja de dientes bajo el bigote tupido y blanco que tanto cuidaba. Seguido hizo algo que jamás se me había ocurrido con esas flores veraneras recogidas en el patio. Golpeó armoniosamente con el estilete al borde de mi tanque de hojalata y, de un santiamén, los estambres empezaron a danzar y dar vueltas de manera vivaracha al son de su tamborileo. Todos en casa reímos por la maravillosa ocurrencia de las flores bailarinas.

Cuando todo volvió a la calma, el abuelo, todavía a mi lado en el piso, me dijo con voz susurrante: “Hey, te voy a contar un secreto”, miró a los otros que estaban sumergidos en sus charlas y volvió a mí: “En el camino de la finca para aquí… ¿adivina con quien me encontré?”. No supe qué contestar. Iba a decirle que con una vaca suya que se escapó del corral o con un amigo…pero sólo atiné a un “no sé papa abuelo”. Él como si esperase esa respuesta no se inmutó y siguió, “No es mentira lo que te voy a decir, pero no se lo digas a nadie, oíste…”. Asentí con la cabeza. “Bajando la última loma antes de coger la manga para llegar a tu pueblo, tempranito, me encontré con Jesucristo…”. Mi abuelo suspendió el relato para ver cómo había caído en mí su confidencia. De seguro notó mis ojos desorbitados y siguió contando. “De lejos lo había visto, venía solo, andando sin prisa, vestido de blanco. Yo iba y el venía por ese camino solitario. Cuando lo tuve de cerquita no me quedaron dudas, era el mismo Cristo. Él me sonrió y levantó su mano derecha cerca de su pecho. Me habló. Me dijo: ‘Hola Manuel Bracho, me alegra ver tu persona por estos parajes… quiero que sepas que me siento orgulloso de ti, por lo que has sido y lo que has hecho en tu vida… cuenta por siempre con mi bendición por los caminos por donde vayas…”.

Aquello me asombró e impresionó de tal manera que todavía, en este tiempo que casi tengo la misma edad de él, pienso en ello y no doy por mentira todo lo que ese día le pasó al abuelo.

Y yo, viniendo de donde vengo, también tengo mi historia con santo en mi tiempo. Bueno, en mi caso, es con un ángel de carne y hablar de este tiempo. Nos pasó a mi esposa y a mí una madrugada de zozobra y angustia. Nuestro hijo, todavía de brazos, inexplicablemente se había puesto mal, flácido y frío, casi al borde de un colapso en su cuna.

Vivíamos en un barrio apartado de casas urbanizadas del gobierno en que todo estaba por hacer. Desesperado corrí donde un vecino, el único que tenía automóvil, para que nos llevara urgente a un hospital en vista que por allí jamás subía un taxi. De tanta insistencia el hombre contestó sin encender la luz de su casa. Alegó que tenía dañado el carro. No había tiempo que perder dudando de su excusa. Bajamos de prisa por las primeras calles de la fría aurora con el bebé arropado. Todo estaba semioscuro y sabíamos a lo que nos exponíamos en ese sector marginal de pandillas y rateros sin escrúpulos.

Dejando atrás las últimas casas y adentrándonos en una zona de mayor riesgo nos santiguamos y resignados nos echamos a la buena de Dios colina abajo. Pero… de la nada, de un callejón sin alumbrado, apareció un muchacho moreno alto que me llamó por mi nombre. “Espérenme que los acompaño hasta que cojan un transporte que los lleve seguros”. Yo trataba de reparar el rostro de aquel joven tratando de buscar un rasgo conocido y no, jamás lo había visto, pero su voz si me era cercana.

Caminamos rápido un largo trayecto bajo un silencio abrumador sólo interrumpido por los sollozos de dolor del niño. De repente, de sopetón, saliendo de un cruce de caminos, nos topamos con un tropel de tipos de mal aspecto que nos encararon con intenciones nada amigables bajo la luz mortecina de los postes. Pasamos lento, éstos miraron a nuestro acompañante, más alto y fornido que ellos, y siguieron de mala gana su andar de malhechores.

Bajamos hasta encontrar por fin una avenida concurrida por trabajadores que iban o regresaban de su labor, algunos vendedores de tinto, una mesa de fritos y un taxi aguardando pasajeros. Me alegré de encontrar ese oasis en medio de la más abominable oscuridad del mundo y del pánico. Arreglamos la carrera con el conductor del taxi. Cuando estábamos adentro del vehículo saque la cabeza por la ventana para agradecerle a ese buen hombre por su apreciable apoyo y compañía… pero ya no estaba por allí. Había desaparecido por las mismas calles de sobresaltos de donde apareció. El carro nos alejó raudo hacia la clínica.

Nunca más en la vida me he vuelto a encontrar con aquel misterioso querube que sabía mi nombre y que nos acompañó sin pronunciar más palabras esa madrugada dolida en la que casi muere mi hijo.

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