El niño que atajaba huracanes

Julio Tous Oviedo | @revistamargen | 24 julio, 2020

Después de haber pernoctado en el pañol (depósito), nos reunimos como de costumbre en torno al “poyo” (hornilla),  a tomar  la primera “totuma” de café caliente, para que el humo nos terminara de despertar con sus vapores aromáticos, mientras “mamá buena” trataba inútilmente de dispersar a los mosquitos con zarpazos de musengue que sujetaba con sus dedos de habichuela.

Perros lánguidos como galgos luchaban para atrapar a esos hematófagos que flotaban en el aire como globitos de espuma,  repletos de sangre hasta la saciedad, atontados por la llenura,  y, sin gota de aliento que les permitiera seguir volando, propensos a estallar al más mínimo contacto con algún obstáculo que encontraran a su paso.

Nos servían “arroz embustero” teñido de achiote, acompañado de una rebanada de queso duro, recubierto de suero que parecía la cumbre de un nevado cuando comienza a derretirse;  o un huevo delicadamente frito sobre el “cerro” de arroz, que simulaba el sol besando la cima de una colina a la distancia; que había que ladearse por la imposibilidad de ver la cara al que estaba sentado al otro extremo de la enorme mesa con capacidad de a albergar a doce comensales.

Había sido una “noche de perros”. La torrencial lluvia de agosto se llevó el caballete del rancho principal, que hubo que refugiarse debajo de los  catres  de tijeras cubiertos de lona, para evitar el golpe de las gruesas gotas de lluvia que parecían granizo por los moretones que nos causaban al contacto con la piel.

Los cerdos habían roto los chiqueros y se refugiaron en los matorrales aledaños;  el resto del ganado arrancó los portillos, llevándose enredado en sus cuernos las alambreras que cercaban el corral;  las gallinas volaban despavoridas para posarse en los pocos árboles que quedaban de la tormenta.

 Las “cocás” entonaban sus cantos de susto en la copa de los guarumos, y el gallo piroco (pescuezo palao) se daba aletazos de pecho, esperando debajo del árbol de hobo caído, picoteaba sus frutos amarillos que tapizaban el suelo húmedo, a que cayera la primera hembra para dar inicio a su exhaustiva ronda de apareamiento.

 El burro, con la carabina montada, rebuznaba sin ocultar su morbo al observar a las hembras comer las briznas de hierba que se asomaban en el fango dejado por la corriente; el golero parado en una estaca esperando que se muriera el burro o  se muriera la vaca para celebrar su banquete sin la autorización  del rey gallinazo, rompiendo así con la cadena jerárquica de valores de orden.  

Ante este panorama desolador,  todavía quedaban  gotitas de fe, y soplaban vientos de esperanza, que traerían consigo buenas nuevas, parecidas a las del patriarca Noé con su prole y la mega fauna, que después del diluvio universal, donde llovió por cuarenta días y cuarenta noches, y finalmente al cabo de más de ciento cincuenta días, pudieron ver la luz del sol. 

Después de haber agotado todos los recursos y de haber invocado a casi todos los santos, con la excepción de San cudo (zancudo), para no despertar el apetito voraz de aquellos habitantes del pantano, volando como nubes con zumbidos terroríficos, para clavarnos sus finas agujas y saciar su sed de sangre, sin imaginar que esa sería su última cena.

Me convertiría desde entonces en el chivo expiatorio, mi madre me haría colocar inmóvil detrás de la puerta, en posición de Jesucristo crucificado, para apaciguar la furia o desviar el curso de los vientos huracanados; desconociendo que en esa postura, no sería más que el  cristo de espaldas, mientras ella obligaba al resto de la tribu a repetir al pie de la letra y sin derecho a equivocarse, los siete padrenuestros y las siete avemarías, como el mejor antídoto contra los huracanes,  alternados con una serie de retahílas casi indescifrables que solo ella podía entender, pero que había que balbucearlas por respeto al ritual y, sobretodo, porque no se podía contradecir a la matriarca.

 Las ahumadas lámparas con luces titilantes, brindaban un aspecto casi mágico y providencial, que nadie se resistía a creerlo.  Serian interminables horas de suplicio y agotamiento físico por la posición de los brazos extendidos, donde no había lugar para ahuyentar a los mosquitos;  era obligado a despabilar todo el tiempo, de no suceder así, sería considerado un acto sacrílego y pecaminoso ante este anhelado propósito.

La fe mueve montañas, pero esta vez, no solamente no las movió, sino que nos abandonó y permitió que el temible huracán como unas efemérides de agosto, estuviera a punto de arrancar los horcones de la casa recién entechada y resguardada para detener el embate del ciclón endemoniado. 

A pesar de la actitud intransigente del  español al momento de imponernos su religión, nos hemos atrevido a inventar nuestros propios santos, tan genuinos y auténticos como los suyos, como una expresión característica de libertad de nuestra realidad y religiosidad hispanoamericana sin desconocer la advocación por Jesucristo que intercederá por nosotros ante el padre.

 Impotente y frustrada por la agónica situación, por el temor sin comprender lo que estaba sucediendo, la cacica, procede entonces a invocar a “sancocho”, que también le falló;  con mirada impasible,  con cierto grado de resignación,  después de haber recobrado la calma; parroquiana, y sin dejarse marcar por el poderoso resorte de la desconfianza, sino por el minucioso cultivo del pudor, veía  como la corriente arrastraba las ollas y demás artefactos de cocina.

Como su última tabla de salvación, tratando de desprenderse de algunos deseos egoístas que la oprimían, para liberarse de ellos sin perder el sentido de vinculación terrenal; echó mano de su neceser de “escarlata de Holanda” para maquillaje, donde siempre llevaba el crucifijo del milagroso de la Villa de San Benito Abad, por la amplia lista de milagros a su haber, y un escapulario con la imagen bordada de la virgen morena de Guadalupe, que había sido capaz de atajar a una bandada de caballos desbocados, que terminaron rendidos a sus pies, y frenar la furia de hurakan, dios de las tormentas y del fuego en la mitología maya, cada vez que se enfurecía para reprender a los desobedientes.

Mientras mi madre espera el milagro de los santos de la piedad, y ofrecía una manda, deuda que pagaría con un “velorio” al santo del agua, animado con una banda de chupacobre, y vivía ese día sin vivirlo, pero aferrada a la convicción de que mi sacrificio surtiera algún efecto,  yo seguía allí, crucificado detrás de la puerta, como purgando una pena ajena, al ser elegido para velar por el destino del pueblo y,  concebido como “hombre Jesucristo”, pero que tal vez les había fallado, y  quedaba impedido para desviar la furia de la tormenta como castigo por mi desobediencia, pero con un manojo de  reminiscencias  perennes de mi infancia provinciana,  extraídos del baúl de mi memoria, amarrado con hilos ancestrales.

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