El legado del Ruiseñor

Nicolas Simarra Torres | nicolassimarra@hotmail.com | 13 marzo, 2021

El legado de Jorge Antonio Oñate González a la cultura vallenata es meritorio. Entre otras, estableció un límite, entre acordeonero y cantante, superó el anclaje tradicional que imponía tocar y cantar a una persona en simultánea. Con tal grado de especialización, se diluyó la polifuncionalidad. Apareció, entonces, el solista para cultivar su voz, mientras, el acordeonero ganaba habilidades y perfeccionaba la digitación del instrumento. Lo anterior, sin duda, mejoró la calidad de los grupos, influyendo en la comercialización y modernización de esta música.

El Ruiseñor del Cesar o Jilguero de América, como se le bautizó artísticamente, contribuyó, también, a fortalecer la identidad Caribe. Con su timbre plasmó nuestras huellas culturales en canciones costumbristas y románticas. Además, en cincuenta producciones discográficas, interpretó y difundió ritmos propios como, la cumbia, el porro, paseo, merengue, son y puya.

Por otra parte, Oñate, creó una escuela con su peculiar canto. Con voz portentosa observó preeminencia por décadas en el vallenato. Por ello, se convirtió en referente obligado de antecesores que inspirados en su arte subieron a la cumbre para reproducir su herencia.

Sus trabajos sonoros sirvieron de soporte para designar al vallenato patrimonio intangible de la humanidad. Varios títulos de sus Long Play o Compact Disc, lo evidencian: “Festival Vallenato”, “Lo último en vallenatos”, “Reyes vallenatos”, “Ruiseñor de mi valle”, “El Vallenato de siempre” y “Patrimonio cultural”.

Este cantor campesino, inició periplo en la paz, tierra cesarense que lo vio nacer, hace 71 años. Con las primeras parrandas se apasionó por el folclor. Luego, pasó por Santa Marta en busca de vocación, después, por Bogotá, donde exploró su inteligencia musical, sacando a relucir experiencias previas, hasta conformar unión con los Hermanos López, en 1969.

En medio de la resistencia citadina por la música provinciana, entre aciertos y tropiezos, empezó profesionalmente. Con sus coterráneos, realizó varios álbumes, entre los que se destaca, ”Reyes Vallenatos”, titulado así, por conquistar el máximo certamen colombiano de acordeón, 1972.

Posteriormente, le acompañó una pléyade de acordeoneros, entre los que resaltan, Emiliano Zuleta, Nicolás Mendoza, Raúl Martínez, Juancho Rois, Gonzalo Molina, Álvaro López, Julián Rojas, Oscar Bonilla, Fernando Rangel y Cristian Camilo Peña. Con estos y otros digitadores, saboreó la miel del triunfo con canciones, que siguen impregnadas en el inconsciente colectivo de la nación: “Amor comprado”, “El cariño de mi pueblo”, “No voy a Patillal”, “Mal entendimiento”, “Nido de amor”, “Rosa Jardinera”, “Un llamado”, “La muchachita”, “Dime porqué”, “Berta Caldera”, “Tiempos de la cometa”, “Te dedico mis triunfos”, “Silencio”, “Mi gran amigo”, “Devuélveme mis sentimientos”, “Amor sensible”, “El Copete”, “Canasta de ensueño”, “Alicia adorada”, “El más fuerte”, “Sirena samaria”, “El cantante”, “Oye tú”, “Lo que siento”, “La vieja Sara”, “Mujer marchita”, “Calma mi melancolía”, “Igual que aquella noche”, “Recordando mi niñez”, “Me pides tanto”, “La batea”, “Amaneceres del valle, y “Nació mi poesía”, entre muchas.

Los reconocimientos en honor a su obra interpretativa, siempre estuvieron presentes. Cinco Congos de Oro, un Súper Congo, (Festival de Orquestas, Carnaval de Barranquilla), la fiesta patrimonio más importante del país. Además, 25 discos de Oro, 7 de platino, 6 doble platino, un Grammy Latino, a la excelencia musical y muchos tributos en su carrera.

Después, de más de medio siglo, actuando en escenarios nacionales e internacionales, Oñate, conscientemente tomó la decisión de anunciar su retiro del arte que lo convirtió en leyenda. Pero, cuando preparaba gira de despedida, una casa museo, Cd con música cristiana y esperaba un homenaje por parte del Festival Vallenato, fue sorprendido por la inexorable parca.

En medio de la pandemia del Covid 19, una multitud de seguidores le ofrendó el último adiós en Valledupar y La Paz. El tributo fue apoteósico en medio de rituales fúnebres entre lágrimas, tristezas, canciones y acordeones.

En definitiva, el cantor, bajó tranquilo al sepulcro. Acompañado a la morada final de algunos de sus discípulos como Iván Villazón, Silvestre Dangond y Peter Manjarrez, hijos y familia. Así, con el gemir de almas nostálgicas, se despidió a uno de los hombres más grandes del folclor vallenato. Entre tanto, su nombre quedó grabado en letras doradas en la historia de la música vallenata.

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