El infortunio de Don Rafa

Julio Tous Oviedo | @revistamargen | 22 octubre, 2020

Aunque no se crea así, y por mucho que suene paradójico o que simplemente sea una forma de percibir la creación, el mundo está hecho a la perfección y tendrá que ser concebido dentro del plano de la biodiversidad y la multiculturalidad; desde esta perspectiva se entenderá que unos nacemos con estrellas, y otros nacerán “estrellados”, pero no precisamente llenos de estrellas, sino careciendo de ellas, y anhelando tener por lo menos una que les guie por los caminos de la vida, como la estrella de Belén a los reyes magos en busca del mesías.

Unos nacerán en cuna de oro, rodeados de gajos de estrellas y custodiados por el ángel de la guarda; mientras que otros lo harán en un humilde pesebre, cagados por las vacas del establo.

Mi héroe, “Don Rafa”,  gozaba de mi absoluto respeto y las más altas consideraciones de todos sus camaradas de la villa; gastó parte de su vida apostándole a ganarse la lotería para aumentar el caudal de su fortuna, que había heredado de su padre en vida, pero que ya empezaba a tambalear por el despilfarro causado por su entrega a los vicios del hombre, y a la compra compulsiva de billetes de todas las loterías y, cuanto juego de azar existiera, que tuvo a punto de caer en bancarrota, de no ser porque le tocó recurrir a la caja agraria para solicitar un préstamo hipotecario, como ultima tabla de salvación.

Como forma de control y ahorro forzado, el banco dentro de sus políticas con sus deudores, les hacía entrega de una cajita de acero inoxidable (alcancía), de la cual, el gerente guardaría la llave bajo el más estricto sistema de seguridad, y que sería abierto dentro del término fijado por la entidad, bajo la gravedad de juramento, ante la junta directiva a la hora de contabilizar el monto recaudado.

“No hay mal que por bien no venga”, reza el adagio, pero aquí será conveniente recurrir al retruécano, porque desde que la mala racha tocó la puerta a mi amigo, lo hizo con tanto ímpetu, que de ahí en adelante todo le saldría “patas pa’rriba”….al revés, que organizó un periplo hacia la sierra para consultar a los brujos y le recomendaran el mejor extracto del perfume del nido y las plumas del Pájaro Macuá , que le abriera las puertas del éxito para recuperar la fortuna que un día había perdido,  y algunos amores fugados en una noche de lujuria, mientras bailaba la canción de El Tiribi Tábara, interpretada por el maestro Daniel Santos, en su época dorada en el Moulin Roug en idílicas noches parisinas.

Desistió de la idea de abrir una peluquería por temor a que nacieran los niños calvos, y se le acusara de haber provocado aquella alopecia por la “mala leche” que lo seguía como su propia sombra dondequiera que iba.  Compró en Tuchín la producción de “sombrero vueltiao” de todo un año, cuando se anunció la llegada a Cartagena del Circo Razzore, después de haber disfrutado de una exitosa temporada en Cuba, pero veía como se ahogaban sus esperanzas cuando el Euzquera zozobrara antes de llegar a su destino, y viera frustrada la oportunidad de inundar con el símbolo de la herencia Sinuana a todos los puertos del Caribe.

 El mar no solamente se tragó a sesenta y uno de los sesenta y siete ocupantes con todos los animales del circo, sino que también se llevó sus ilusiones con este aparatoso naufragio causado por un ciclón enfurecido.  Los seis sobrevivientes atribuyeron el milagro de seguir respirando a la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba.

Afligido por el fracaso tras el hundimiento del barco Euzquera, monopolizó la compra de todos los billetes de loterías terminados en cero treinta y nueve (039), implorando a San Alejo Durán con oraciones cotidianas para que le hiciera el milagrito con el efecto adverso que se daba en todas las situaciones de su vida; aquel jeep (carro) con la placa (licencia) 039, no precisamente se llevaría su suerte, sino que la lotería de ese día jugaría el numero invertido, nueve tres cero (930); no podría estar más cerca del premio mayor, sin embargo, solo recibiría, según su criterio, un premio de consolación, después de haber invertido casi toda su fortuna, tras varias décadas de apostarle a los juegos de azar.

Para tenderle trampas al destino, tratará de jugarle a su suerte con periodos de intermitencia, consiguiendo con esta estrategia salvar algo de dinero y apostar solamente guiado por las posibilidades que le ofrecieran los números sugeridos por su signo zodiacal o los consejos mediante la lectura de las cartas del tarot. 

A pesar de haber nacido bajo el signo de libra, el séptimo signo del zodiaco, representado por la balanza, que denota justicia y equilibrio; estaba tan desbalanceado que llegó a pensar que los astros se habían equivocado con él, y que había caído en la apofenia, cuando una noche soñó que se había ganado la lotería, pero muy pronto quedó en la ruina, entonces quiso olvidar el sueño en el sueño, para que todo fuera una mentira de una trampa que le quería poner el destino;  porque siempre acertaba la primera, segunda y hasta la tercera, pero nunca la última, para por lo menos, salvar lo invertido y seguir apostando de “cachete” (sin pagar – porque ya había pagado); pero nunca vio llegar su “luchy seven” (el siete de la fortuna).

Después de escuchar a un “kankaman” (hechicero) en Ñanguma, que tampoco atinó a decirle lo que debía hacer, que se las daba de adivino, pero no pasó de ser un charlatán, porque solo he ordenó darse baño con infusiones de anamú y hojas de matimbá; decidió entonces, contraviniendo todos los preceptos establecidos, contra todo pronóstico, y después de haber probado cualquier sistema de adivinación existente, consultó con la almohada, y hasta le pidió bendiciones al cura; decidió que únicamente se jugaría su suerte con la centenaria lotería de Bolívar. 

Ya eran tantos los arrumes de sacos de billetes de lotería, que alcanzaron para forrar las casas, que daba la impresión de estar frente a un “collage”, y los que le sobraban, ya no sabía ni qué hacer con ellos, descartando la opción de quemarlos, para no quemar las migajas de suerte que le quedaban.

Con el dinero que le sobraba, más un préstamo que adquirió de una usurera al “dulce” veinte por ciento de intereses, descontando de antemano el porcentaje correspondiente sobre el monto convenido y, con el compromiso de devolverlo al cobrar el premio “gordo” (mayor), que juraba se iba a ganar, porque a pesar que se había metido en una “camisa de once varas” (grandes problemas) y había empeñado su “palabra de gallero” (palabra de honor), todavía le quedaban migajas de equilibrio y “aguaje” (brío), característica inherente de los nacidos bajo el signo de libra.

La suerte estaba echada; se la “jugó el todo por el todo”, había “agarrado al toro por los cuernos”.  – Pa ’tras ni para coger impulso – Dijo.  Encendió la radio local, y con gran sorpresa alcanzó a escuchar el número que siempre había tenido “entre ceja y ceja”, con el que había soñado, y lo veía donde no estaba: 1497. – ‘Erda, me saqué la lotería. – Gritó a los cuatro vientos.  No habían pasado cinco minutos, cuando ya tenía en la puerta de la casa, una banda de “chupa cobre” tocando porros de Pedro Laza y bañándose con “ron blanco”.

A diferencia de otros que habían iniciado la “pachanga” antes de cobrar el premio, él sostenía que nunca se debía celebrar en la víspera, sin antes estar seguro de la autenticidad de la información, para no quedar endeudado con “el agua hasta el cuello”.  Terminada esta reflexión le cayó un “balde de agua fría”; el mundo se le vino encima, ciertamente, si había jugado así la lotería, solo que correspondía al número que había tirado la de El Libertador. 

Aunque después de un instante de meditar con “cabeza fría” llegó a la conclusión que tenía legítimo derecho a reclamar el premio, puesto que Simón Bolívar era El Libertador, y mientras él ostentara ese título, Bolívar y El Libertador serian la misma cosa; sin embargo, fue hasta la Quinta de San Pedro Alejandrino, ante El Altar de la Patria a consultar a Bolívar. 

Para probar su fe, se hizo vendar los ojos antes de escoger una de las tres perspectivas al azar; le correspondió donde aparece su héroe “ciñendo el entrecejo”, como manifestación de preocupación y desesperanza. “Mandinga la na” – exclamó golpeándose la frente con la palma de su mano, perplejo y lleno de dudas, tal vez olvidando que invocaba al mismo diablo; sin embargo, sabido de la parsimonia y negligencia de nuestro aparato judicial, quiso entablar una demanda ante los tribunales de justicia, y mientras espera el fallo, guardará celosamente el amarillento billete de lotería carcomido por la polilla y el comején o que lo llamara el banco para abrir la alcancía, y poder contar las pocas monedas corroídas por el tiempo.

Sumergido en la laguna infinita de sus recuerdos, añorando que un día, un juez de la republica desempolve los expedientes y dé un fallo a su favor, antes de morir en esa soledad siniestra o que el Libertador cambie de mirada y  de actitud desde la perspectiva donde se le ve le enérgico, sonriente y con ideas emancipadoras, mirando hacia El Monte Sacro en el fragor de su juventud, donde anunció en su juramento el propósito de alcanzar la libertad y la justicia social de América Latina y el Caribe. 

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