El Caníbal que llevamos por dentro

Hector Castillo | @revistamarge | 8 enero, 2020

Hace unos años la cadena noticiosa CNN en español divulgó un hecho escalofriante. Dos jóvenes integrantes de un peligroso cartel de las drogas mejicano fueron obligados por los capos a descuartizar y comer carne humana de sus propias víctimas.

Esta tenebrosa noticia, tal vez no resulta extraña del todo si se tienen en cuenta que en el mundo han ocurrido muchas muertes violentas asociadas al canibalismo.

Psicópatas como el carnicero de Rostov, (Rusia) el de Milwaukee (Estados Unidos) y el de Rotemburgo (Alemania) son tristemente recordados por sus macabros delitos los que irónicamente motivaron la creación de varias películas de terror.

El canibalismo es una práctica milenaria, sus orígenes están ligado a lo mítico y religioso. Muchas culturas primitivas apelaron a ésta supuestamente para intimidar a los enemigos, demostrar superioridad y /o celebrar victorias o para apropiarse de las cualidades físicas y morales de los muertos.

Aborígenes de Norteamérica como los Pieles Rojas, Patagones de Argentina, Mayas y Aztecas de México hicieron sacrificios y banquetes con sangre y carne de tribus enemigas. Así mismo, los Paeces y Panches de Colombia cazaban y devoraban a sus adversarios.

A pesar que las legislaciones internacionales consagran el derecho a la vida y prohíben los tratos inhumanos, a algunas culturas remotas se les respeta sus cosmovisiones y organizaciones políticas.

En Australia, por ejemplo varias tribus en uso de su autonomía cultural obligan al primer hijo a comerse al hermano menor y en otros casos provocar abortos e ingerir los fetos.   

Al hacer una mirada a la historia encontramos conflictos armados que no han escapado a la carnicería humana.

Durante la guerra civil de Liberia (1889-1996) perecieron centenares de personas víctimas de estos rituales, entre los que se contaban niños y mujeres inocentes.

En medio de la guerra entre milicianos y el ejército del Congo (1916) un sinnúmero de niños y mujeres fueron masacrados, violados y devorados por dichos insurgentes.

Razones de hambruna y supervivencia, también han sido pretexto para justificar la vida en medio de la muerte.

En 1972, un acontecimiento trágico de resonancia mundial que enlutó al deporte suramericano ocupó las primeras planas de los medios noticiosos .

Carlos Páez, uno de los sobrevivientes del equipo de rugby uruguayo contó a periodistas españoles que cuando viajaban a Chile a disputar varios partidos, la aeronave sufrió fallas técnicas y se estrelló en la cordillera de los Andes.

Por más de dos meses tuvieron que sortear bajas temperaturas, escasez de alimentos y agua, lo que los llevó a comer la carne de los compañeros muertos hasta que fueron rescatados.

Con el paso de los años esta costumbre tribal ha ido desapareciendo, varios grupos humanos la han abandonado por propia evolución cultural, o tal vez, por la presión ejercida por organismos de derechos humanos.

Ya en su época Da Vinci cuestionó esta práctica: “El hombre es el rey de todos los animales, pues su crueldad sobrepasa a la de estos…llegara el tiempo en que comer carne será condenado como hoy se condena el comerse a nuestros semejantes…”

En esto literatos, escritores, sociólogos coinciden en afirmar que hoy se vive otras formas de antropofagia, se saca «las tripas» del otro a punta de chisme, calumnia y maledicencia.

Hace algunos años el periodista Alberto Salcedo escribió una nota en el Tiempo en la que de manera jocosa retrató la forma como «descuartizaron» al escultor de la estatua del Joe Arroyo que se exhibe en Barranquilla.

“(…) Pero tú sabes cómo es el vacile aquí en el Caribe, mi vale: a nosotros no nos gusta aplaudir a nadie sino comer prójimo, y más cuando se trata de un paisano talentoso. Así que empezamos a encontrarle defectos por todas partes a esa bendita estatua: que el Joe había quedado gordo a pesar de que cuando murió estaba flaco; que el Joe había quedado flaco a pesar de que cuando murió estaba gordo…Que esto y lo otro, mi vale…”

Esta anécdota refleja la sociedad en que vivimos. Por efecto de la cultura también aprendemos a criticar, prejuiciar, hablar mal de los demás, empañar el éxito y el talento ajeno.

Según psicólogos y estudiosos del comportamiento humano, esta forma de canibalismo está asociado a la baja autoestima, la falta formación humana, ética y espiritual, a frustraciones personales y traumas no superados.

No hay duda que por envidia cada uno envenena su propia alma. Una mente perturbada acostumbra a buscar defectos en los demás, no reconoce las cualidades que los otros tienen.

Una lengua ociosa casi siempre goza de las desgracias ajenas y despotrica de aquel que piensa o actúa de manera diferente.

En verdad, todos en algún momento hemos «comido carne humana», con la lengua hemos estrujados la dignidad y el honor de nuestros semejantes.

Qué bueno sería que como seres racionales aprenderíamos a convivir y a respetar al otro, a ver lo bueno que hay en los demás y no seguir devorándonos como fieras salvajes.

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