Diomedes en Palenque

Nicolas Simarra Torres | nicolassimarra@hotmail.com | 2 septiembre, 2020

Los primeros palenqueros en traer la música de Diomedes Díaz al pueblo fueron nativos migrantes que volvían de Riohacha, Maicao o Valledupar. Con radio grabadoras de casetes en mano y con la algarabía de quien consiguió la razón de la alegría de la vida regresaban jubilosos Crescenciano Cañate, Simplicio Cáceres, Segundo Herrera, Nicasio Reyes, Dionisio Márquez y Salvador Salgado. Su gran orgullo era dejarlas sonar en las parrandas interminables que armaban en medio de la calle o en los patios llenos de gritos y olor a ron blanco.

El cantautor de La Junta, Guajira, entró sin resistencia al pueblo a mediados de los años setenta. La radio de la capital también acrecentaba ese encanto en este rincón del África criolla amante del tambor y el bullerengue.

Así nació el interés por el Cacique en esta comunidad. En ella, brotaron centenas de fanáticos cuando, apenas despuntaba en el folclor. Los negros y negras parecían hechizados ante el canto del indio. Por eso, hicieron promesas a San Basilio para que lo trajera con su manto a la patria chica.

Quizás la fe en el patrono hizo efectivo el milagro. Ingeniosamente, aparecieron varios muchachos entusiastas dispuestos a propiciar el anhelo comunitario.

Miguel Pérez Márquez, Manuel Cáceres, Arturo Casiani, José Inés Cáceres, Blas Miranda, José Reyes, Antonio Salinas, José Antonio Hernández y Casimiro Valdez, afianzaron la idea de contratarlo para las fiestas patronales de junio 14. Querían para la fecha algo más que un santo en hombros recorriera las calles en procesión.

El compromiso fue pactado en Barranquilla. En el pueblo brincaban alegres al recibir la noticia. Con certeza, entonces, el evento fue divulgado de boca en boca.

Llegó la fecha ansiada en la cintura de junio en 1981. Ese día la gente disfrutaría de dos eventos: baile y corraleja. Pero, entrada la tarde, sorpresivamente, se desprendió un aguacero intempestivo que ni los rezos ancestrales del bisabuelo Juan De Mata Reyes, en “Pisa Bonito”, no pudieron parar.

Esa tarde, como maldición, el puente de acceso al poblado se averió. Eso impidió el ruedo de los toros. Aun así, la gente estaba dispuesta y logró cruzarlo. Pero la pertinaz llovizna había socavado la tierra y un barrial que afectó el lote de Estebana Torres, lugar escogido para el baile. La creatividad cimarrona fluyó, nuevamente, lo arreglaron con cascaras de arroz.

Todo transcurría en medio de angustias. “¿Será que viene?”, más de uno preguntó a otros dudosos como ellos. “¡Amanecerá y veremos…!”, gritó algo resignada Petrona Padilla. Pero la incertidumbre cesó a las ocho de la noche cuando el canto de las cigarras invadía el silencio de los ranchos. Diomedes había llegado acompañado de Nicolás Mendoza, su acordeonero.

 Afortunadamente llegaron temprano. Hubo espacio para comer arroz con bocachico en casa de la Señora Felipa Casiani, donde reposó plácidamente antes del toque.

Refiere Antonio Salinas que “El Cacique” era sencillo, pasó buen rato con nosotros, comió sin pena, con ganas y halando risas. Además, cuando terminó la primera tanda le preguntó “¿cómo me vistes?”.

En la caseta, entre la multitud de abrazos y choques de mano subió a la improvisada tarima. En forma inmediata, siguiendo el acordeón de “Colacho”, empezó a cantar emocionado el merengue “Margarita”, de Armando Zabaleta:

Ay, qué te pasa Margarita

que no me pones atención

Y eso nadie me lo quita

que tienes nueva ilusión…

Los asistentes chapalearon barro sin quejarse, pero, en su mayoría, no consumieron los productos que ofrecían los organizadores de la fiesta. Esto inquietaba a los responsables del recaudo en el improvisado bar.

Con la aparición de la madrugada aumentó el malestar de los responsables de la verbena. ¿Dónde encontrar dinero para completar el pago del conjunto del afamado artista vallenato?

Algo inusual tenía que pasar y pasó. Con el canto del último gallo del alba apareció un mesías. El Señor Andrés Casiani, quien prestó parte del pago de la deuda y el artista rebajó otra. Con estos gestos solidarios, los chicos aventureros quedaron paz y salvo. Así fue que Diomedes se despidió de sus seguidores bantúes y regresó a su Guajira, contento de haber conocido y parrandeado en la mítica tierra de Pambelé.

El artista agradeció al pueblo de Palenque en la puya “La sanguijuela”, en la que se refiere a Cervantes. Aunque Calixto Ochoa sea el creador, allí se tomó la libertad y resalta al campeón.

El propio Antonio Cervantes revela ser seguidor de Diomedes y que su canción preferida es “Qué hubo linda”.

Pero, claramente, Diomedes rinde tributo en 2009 a los palenqueros en la pieza musical “Del Rey es la reina”, de Luis Durán, grabada con Álvaro López, en el CD “Listo Pa la foto”. Dice Diomedes: “…y ahí le mandamos a Abel Casiani Padilla, el embajador de Palenque”.

Después de tantos años y a pesar del fallecimiento del ídolo, quedan fanáticos en el pueblo. Ello se refleja y perdura en los recuerdos y, por lo menos, en el nombre de uno de los estaderos más concurridos del Primer Pueblo Libre de América: “Los recuerdos de ella”, en honor a uno de sus éxitos.

Porque vino, lo conoció y se ganó el corazón de todos, el cantor campesino de Carrizal pervivirá por siempre en Palenque.

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