Consumismo depredador

Héctor Castillo Castro | hcastillocastro@hotmail.com | 23 enero, 2021

En tiempos difíciles como el que vivimos con la actual pandemia, asalta la incertidumbre, la angustia. El confinamiento prolongado al que hemos sido sometido dejó ver nuestra fragilidad humana y la insaciable adicción consumista de la sociedad en que vivimos. En ese mismo sentido, quitó el velo con que por años se ha ocultado el estado crítico del sistema de salud ante los malos manejos de la clase politica que ha dirigido el país, los que han sido mezquinos e insensibles frente al bienestar social y el desarrollo científico del país.

En medio de la compleja crisis sanitaria, médicos y enfermeras han fallecidos, otros han renunciado a sus labores por falta de insumos y el retraso de varios meses de salarios. En forma abnegada muchos siguen prestando sus servicios expuestos a contagiarse ante el incremento de infectados por el letal virus que tiene colapsada la red hospitalaria pública.

Un amplio sector de empresarios dicen sentirse lesionados, a pesar del apoyo, los beneficios acumulados y las exenciones tributarias que han recibido por muchos años por parte de los gobiernos de turno. Según ellos, la pandemia los ha llevado al cierre de sus negocios, reclaman subsidios, beneficios, auxilios con los que puedan mejorar sus condiciones, piden que se reabran hoteles, restaurantes, negocios y se reactive la economía del país.

Hay injusticia frente a la asignación de los auxilios, sectores que tradicionalmente han sido pujantes reciben inyecciones económicas, un sinnúmero de microempresarios se quejan de la falta de ayuda del gobierno, mientras que los vendedores informales están totalmente desprotegidos, cuando se les permite, deambulan con sus baratijas en el rebusque diario del sustento.

Frente a este alarmante panorama en el que las UCI se hayan saturadas de pacientes infectados por covid 19 y los medios dan cuenta de los fallecidos, a la sociedad consumista no parece preocuparle la pandemia, nada detiene su afán suicida de comprar cosas y objetos innecesarios.

Multitudes irrumpen de manera instintiva en calles, avenidas sin asomo de disciplina social. Largas filas y aglomeraciones se observan en almacenes y centros comerciales sin ningún elemento de bioseguridad exponeniendo sus propias vidas y la de la ciudadanía.

Muchos repudian de los que, en forma instintiva e irresponsable transgreden las normas, realizan fiestas clandestinas en discotecas, estaderos, fincas, eventos en los muchos se han contagiados y han incrementando el número de infectados y muertes diarias.

Este desenfrenado consumo social, hunde sus raíces en la segunda guerra mundial, contexto desolador, en el que los Estados Unidos emergió como nueva potencia económica -militar y puso en marcha su supremacía capitalista a través del plan Marshall, con la que estableció alianzas militares y comerciales, concedió préstamos con intereses leoninos con el que ayudaría a reconstruir las economías de dichas naciones europeas.

Bajo estas condiciones dominante y de privilegio, se implementaron estrategias de marketing apoyadas en el psicoanálisis con las que se estimuló el consumo masivo de sus marcas, mercancías y servicios por todos los rincones del mundo.

Para tal fin, Edward L Bernays, precursor de la psicología de masas, asesoró el posicionamiento de la industria consumista de E. U en los diversos rincones del mundo. En su libro “cristalizando la opinión pública”, dijo: “La mente del grupo no piensa en el sentido estricto de la palabra. En lugar de pensamientos tiene impulsos, hábitos, emociones. A la hora de decidir su primer impulso es normalmente seguir un líder.”

Este tipo de políticas comerciales abanderadas por Estados Unidos y otras potencias mundiales han tenido un impacto nocivo para la salud humana y el medio ambiente. El consumo irracional de energía fósil, el uso de calefacción, la expulsión de gases tóxicos de fábricas, automóviles, aviones, la explotación de los recursos naturales destruyen paulatinamente la capa de ozono, producen recalentamiento global, contaminación, proliferación de virus, bacterias y enfermedades, desertización, sequias, extinción de especies vivas, deshielo de glaciares, aumento de las aguas de los océanos, inundaciones de las ciudades costeras.

Ex-dirigentes del mundo como Nicolás Sarcozy de Francia, Mariano Razoy de España, Donald Trump en E.U.A y mandatarios como Jair Bolsonaro del Brasil y Vladimir Putin de Rusia, niegan que el cambio climático sea provocado por la acción humana, han sido reacios a apoyar políticas de protección y conservación del medio ambiente.

A los poderosos poco parece importarle la salud, la vida humana, ni el desarrollo sostenible del planeta, su obcecado pragmatismo no tiene escrúpulos éticos, ni humanos. Solo les interesa acumular utilidades, beneficios y ganancias, se valen de la ignorancia ciudadana, a las que tratan como «conejillos de Indias», en esto, sin dudas, prima con frialdad el cálculo, las utilidades y las ganancias que deja el negocio.

Medios publicitarios en alianza con transnacionales y monopolios financieros nos bombardean con propagandas sugestivas que, a fuerza de repetición, aliena y crean comportamientos consumistas y competencia social. Promueve un estilo de vida imitativo en el que se pierde la criticidad, la identidad, y masifica.

Ya en la década de los años sesenta, el filósofo Heber Marcuse estudioso y crítico de la sociedad industrial dijo en El hombre unidimensional: “La función básica de los medios es desarrollar pseudo-necesidades de bienes y servicios fabricados por las corporaciones gigantes, atando a los individuos al carro del consumo y la pasividad política.”

La sociedad de consumo, lo frívolo, lo light, lo vuelve esencial, hecho que es reforzado por los medios, las redes virtuales y algunos géneros musicales que estimulan al placer materialista.

Hay noticias que dan cuenta de hechos alarmantes, gente que ha perdido el horizonte se prostituye o vende un órgano vital por adquirir un iphone de alta gama o hacerse una cirugía estética.

El filósofo Zygmunt Bauman, estudioso de la llamada sociedad liquida dice que “… el consumismo es también, y justamente por esa razón, una economía del engaño. Apuesta a la irracionalidad de los consumidores, y no a sus decisiones bien informadas tomadas en frio; apuesta a despertar la emoción consumista, y no a cultivar la razón.”

En el contexto nacional, las exigencias de los gremios ha hecho que el gobierno sea ambivalente, baile con la lógica del mercado, se viva un círculo vicioso, se baje la guardia. Por un lado, confina a la ciudadanía, suspende las restricciones, da apertura al comercio, se atiborran los centros comerciales y ante el aumento de los picos de contagios y muertes, vuelven a confinar a la gente, se aplican comparendos y medidas represivas a los infractores.

En efecto, el consumismo, todo lo convierte fiesta, en medio de la pandemia ofrece promociones, créditos, prestamos, día sin IVA, el Black Friday incita a vivir la fantasía del tener y mostrar, provoca desbandadas, aglomeraciones que ponen en riesgos la vida.

Frente a este modo de vida, hay que actuar con prudencia y autodominio, en el menor descuido, nos envuelve, homogeniza, no hay que olvidar que tiene a su servicio expertos en marketing que en forma deliberada inducen, persuaden y alimentan la necesidad de comprar productos, objetos que se tornan desechables. Por eso se ha vuelto común que mucha gente cambie constantemente de celular, computador, automóvil, zapatos, esto supuestamente da estatus y reconocimiento social.

Razón tiene el filosofo surcoreano Byung Chul Han al decir que «Ahora uno se explota a si mismo figurándose que se está realizando, es la pérfida lógica del neoliberalismo…» Ya desde los años setenta, el psicoanalista Erich Fromm en su libro: ¿Tener o ser? describió este tipo de comportamiento: “La actitud inherente al consumismo es devorar todo el mundo. El consumidor es eterno niño de pecho que llora reclamando su biberón. Esto es obvio en los fenómenos patológicos, como el alcoholismo y la adicción a las drogas.”

Problemas sociales como la falta de educación, el desempleo, la pobreza son caldos de cultivo para el hedonismo y la concupiscencia. En el entorno de la marginalidad, el consumo de licor y drogas alucinógenas se convierte en una subcultura bien arraigada. La falta de orientación y oportunidades sociales encadena a muchos a la servidumbre consumista.  

En esto hay que dejar las cosas claras a fin de evitar sesgo ideológico o político. Nadie puede negar la importancia de la economía dentro del desarrollo social. En efecto, la producción de bienes y servicios, sin dudas, generan empleo, recursos, progreso oportunidades y bienestar social.

Hoy entre pandemia y restricciones sanitarias, el mundo continúan sus dinámicas productivas, unos laboran desde la virtualidad, otros lo hacen desde la presencialidad con todas las medidas de bioseguridad.

Ante esta situación, la prudencia invita al autocontrol , a no hacerle el juego al consumo desmesurado, en efecto, hay que ser coherente y responsable con el desarrollo sostenible entre el progreso material y la preservación de la naturaleza, la salud y la vida.  

No hay duda, nos enfrentamos a un fenómeno muy complejo de consecuencias impensadas, solo la resistencia civil, la protesta social, la ciudadanía libre y organizada pueden atajar la voracidad desmedida de los grandes empresarios y las transnacionales que arrasan con los recursos naturales y amenaza con convertir al mundo en una bola de fuego incandescente. 

Aquí hay un gran reto para padres de familias, educadores y medios alternativos, orientar a los niños y jóvenes en su formación ética-ciudadana para que aprendan a manejar la racionalidad crítica, la autonomía y emociones, se adapten y sobreponga a situaciones difíciles y no se dejen envolver por el derroche consumista que nos lleva a la debacle planetaria.

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