Bazurto terapia

Felu Rey Bracho | @revistamargen | 20 abril, 2020

Es mi costumbre, no sé si instintiva o caprichosa, ir todos los fines de semana, especialmente los sábados, al mercado de Bazurto.

La traigo tan arraigada que se me ha vuelto un ineludible hábito de vida, igual que el ir a misa para el creyente cristiano o barrer y trapear, siguiendo música a todo volumen, para algunas damas afanosas de domingo.

Pocos amigos lo saben. Pero, al llegar ese día de la salida, para mi desgracia, me guindan incómodos encargos como el bultico de naranjas para el jugo de la dieta, la bolsa de alpiste de los pericos australianos o el kilo de yuca para el desayuno de mañana…

Pero no. Los que me ven salir de casa con bermuda, remera, gorra de los Yankee y sandalias relucientes bajo estas flacas canillas velludas, nada saben de mis íntimas pasiones por ese hervidero de cemento de los miles olores y gritos malcriados donde llega y sale media ciudad a comprar o vender lo que se puede o quiere.

Me miran como otro condenado por las estadísticas que, como esclavizado solitario, sale a mercadear sin la cónyuge. Voy con mi saquito disimulado bajo el brazo y siento su risilla de sorna ante este hombrecito que, contrario de lo que esperan, parece comerse al mundo cuando pasa silbando por la calle camino al paradero de buses.

Desconocen que hacía tiempo, tras semanas turbulentas de trabajo y estrés, buscaba afanosa e inútilmente sosiego en centros comerciales, en súper almacenes, en el cine de la tarde, de experimentar con el yoga o, en raras ocasiones, darme un buen chapuzón y un paseo por la playa con la familia.

No saben que sólo esta caótica y desdeñada central, donde las verduleras llaman insinuantes “patrón bello” a sus clientes y los voceadores de viandas “mi reina” a sus posibles compradoras, se ha convertido en mi oasis de vida, fuente y verdadero antídoto frente a todos los venenos semanales.

“¿Cómo así, que tienes a Bazurto como tratamiento psicológico?”, me chantó un allegado cuando le expliqué lo de mi nuevo acierto terapéutico. Se mofó de pura gana para rematar sin piedad: “¡Nojoda, hermano, tú si estás loco! ¡Lo único que puedes encontrar allí es que un carretillero te arranque tres uñas del pie o te atraque un marihuanero de La Quinta!”, y de nuevo su risotada asesina.

Desde esa vez cerré el pico con ese tema y seguí con lo mío, como hoy y como siempre, mientras viva en la Heroica.

La verdad, no sé cuándo fue la primera vez que me ocurrió, pero siempre funciona estando allí. Al cruzar la avenida Pedro de Heredia y entrar por cualquiera de sus umbrales el prodigio se hace. Siento arribar a este mundo de efervescente e inofensiva anarquía que se desprende como salvavidas de la ciudad dolorosa de afuera.

Lo primero que queda sentado al visitante es que aquí, en esta Babel criolla, no hay reglas ni códigos antipáticos que acatar. En este bastión de plátanos, queso y contrabando chino, todos somos súbditos y reyes al mismo tiempo, como en una aldea sin alguacil y cuyos gendarmes sin oficio se van poniendo gordos y perezosos de tanto pedir pruebas o apuntes en las refresquerías y comederos que se topan en cada callejón.

Nadie te mandará, pero tendrás que ceder paso al desesperado que tienes detrás o adelante en el hormiguero que avanza, se para, pregunta y regatea. Si traes con que comprar: serás rey. Si ya compraste: eres súbdito del que te sigue. Todos te llaman, todos te ofrecen: eres rey…

Otra razón de calma, siendo yo de origen rural: Bazurto se me antoja un resquicio provinciano comprimido y completo en las cuatro hectáreas donde lo levantaron. Tiene todo lo que dispone un pueblo. Tiendas, negocios, placetas, charlatanes profiriendo insultos mientras ríen, gente en chanclas y sin camisas hablando con familiaridad de sus intimidades a extraños; en cada esquina música de trago o de baile, animales de todos los pelambres cargando algo o puestos a la venta, susurros de brisa veranera y pregones mentirosos, pastores anunciando el fin del mundo al lado de puesto de guarapo y de chicha de patilla, venta de pescado y carne de monte, campesinos contando magras ganancias sin perder de vista su botellita de ñeque bajo el catabre…

Bazurto sabe a pueblo porque vende a camiones o al menudeo cualquier peso o pieza nueva y fresca sin consultar calculadoras.Tiene alma montera porque desdeña etiquetas y manual de buenos modales. Porque habla y festeja sin pudor sazonando las palabras con nojodazos y carajos que hermanan. En cada escondrijo o caleta se desborda en lo que se anuncia cantando o en lo que se come con las manos peladas en un papel de bolsa de cemento o en una totuma. Bazurto en su felicidad es rural, humilde y sencillo, en su aparente falta de ornato y de opulencia citadina.

Ésta es zona de libertad. Estás en un interminable paseo donde nadie mira a nadie y, por tanto, harás, mirarás o dirás lo que quieras y jamás habrá quien te censure en tu desahogo o curiosidad, sólo cumplirás una tácita señal: “no dañes a nadie, mira, vive y deja vivir”.

Aquí, si algo existe en el planeta, está a dos pasos a un precio que se regatea: un radio receptor japonés o una herramienta desechable de Shanghái, un anafe de hojalata para el carbón o una desacostumbrada vajilla vietnamita, un ave exótica de la India o un equipo de sonido de última generación, un chocolate turco o una bacinilla de peltre, un menjurje para la virilidad, una falsa mecedora de Mompox o un par de abarcas sanjacinteras…

Al recorrer sus entrañas y charlar con cada vendedor conocido ya habré hecho gran parte del tratamiento. Ya no sabré qué horas serán ni qué tendré que hacer al llegar a casa. Sólo miraré qué fruto de la tierra me faltará por echar en la mochila. Hecha la transacción los caseros me seguirán contando de los asuntos dejados a medio hablar en anteriores encuentros, luego les haré cualquier broma como despedida y cada uno de ellos, contento de verme de nuevo, me dirá como siempre: “¡Vaya con Dios y no me olvide en la próxima, amiguito!”.

Entonces, como siempre hago, andaré satisfecho en el zigzagueo final de sus improvisados callejones de cebollines, bultos de papas y gallinas criollas, mientras se va colmando mi valija. Después, con la billetera casi intacta, saldré victorioso sin gastar la media fortuna de los centros comerciales.                                                                                                                                

Así es y así será. Ya que se sabe, de ahora en adelante, el que me conozca, si me ve andar alelado o risueño por los escondrijos más abruptos de este mercado, no me llame, no me salude, no me interrumpa, déjeme vagar sin ton ni son: estoy de Bazurto terapia.

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