¡Apestan!

Héctor Castillo Castro | hcastillocastro@hotmail.com | 31 julio, 2020

Salí del multicentro luego de hacer algunas compras. Al llegar al parqueadero noté que en una entidad bancaria había una enorme fila de gente fastidiada y angustiada que protegidos con tapabocas y mascarillas aguardaban turno para realizar sus transacciones.

A pocos metros de distancia, se hallaba un hombre demacrado, andrajoso, de melenas desgreñadas, parecía un zombie, un ser de ultratumba. Tenía un pedazo de trapo sucio debajo de la barbilla que usaba como tapabocas, con voz ronca y profunda canturreaba baladas de Nino Bravo con las que se rebuscaba el sustento.

Su tonada era doblemente ignorada por transeúntes y aquellos que esperaban en la puerta del banco, tal vez el temor a un contagio con el virus pandémico lo hacían ver más espeluznante.

Sentí un enorme pesar por el deterioro de aquel pobre individuo, tomé el vehículo rumbo a casa. En la vía, el taxi se detuvo en un semáforo en inmediaciones del pie de la Popa, de manera inesperada  irrumpió un joven que cojeaba en una pierna atornillada con clavos de acero, quien se acercó  a pedir ayuda y fue ignorado por todos. 

 Un retrato de desesperanza se veía en las caras de pordioseros y locos que a lo largo de esa via dormían o permanecían sentados en aceras, bodegas y terrezas de establecimientos comerciales.

Esta dramática realidad sacudió mi anestesiada sensibilidad, sentí pesar y remordimiento. Llevaba alimentos y algo de dinero que podían compartir y no lo hice, ese día tuve dificultades para conciliar el sueño, me atormentaba el hecho que pudiendo hacer algo, no hice nada por estos desamparados que probablemente se acostaron sin morder un pedazo de pan.

Aunque en otras circunstancias he sido solidarios con mucha gente de la calle, admito mi falla, mi omisión. Estas desatenciones en algo reflejan nuestra insensibilidad, esa que  se aprende en una sociedad egoísta, con profunda inequidades, prejuicios y prevenciones como la nuestra, en la que discriminar, ser mezquino e indiferente frente a los problemas ajenos se ha vuelto el modo de vida más fácil para no comprometerse.

En esta sociedad en la que al marginado se ve como un atenido, vago para ignorar la sed y la tragedia con que viven. Se les ve como parásitos y se ignora que la violencia intrafamiliar, la pobreza, el consumo de drogas, las enfermedades mentales y desplazamientos forzados  han llevado a muchos a rodar sin rumbo.

El desprecio duele, así mal olientes y repugnantes son seres humanos que sufren merecen consideración y misericordia.

Es probable que algunos habitantes de la calle sean aprovechados y utilicen a los niños con fines perversos. Es verdad que algunos se fugan de los centros de asistencia y rehabilitación donde son atendidos para seguir en sus andanzas.

No hay duda que algunos constituyen un peligro social por sus trastornos mentales o por su dependencia con las drogas se torne incontrolables, pero no se hace nada por rehabilitarlos.

En medio del confort y el bienestar propio se ignora el drama ajeno, con silencio cómplice también se alimenta la “ley del más fuerte”, sálvese quien pueda.

Cuestionamos las fallas del sistema y dirigentes del país y caemos en los mismos vicios, somos incoherentes con muchas de nuestras acciones.

Afortunadamente, tuve un momento de alivio más adelante. Regresé dos semanas después al centro comercial para reabastecerme, esperaba encontrar aquel indigente, pero no estaba ahí. Hallé otros  desarrapados en busca de supervivencia, esta vez traté de enmendar mi falta, les compartí algo de comer.

Tal vez la monedas y pesitos que les di alimenten el círculo vicioso de la mendicidad, pero es mejor que mantenerse indiferente y no hacer nada. Una voz cálida y un gesto generoso podría al menos mitigar el hambre así sea por un día.

En todo el tiempo en que he tenido uso de razón, en Cartagena se ha vuelto común ver a los indigentes escudriñando entre desechos de basuras o durmiendo en aceras.

Parques y plazoletas de sectores como el Pie de la Popa, Manga, Getsemaní, Chambacú,  la avenida del Lago, Mercado de Bazurto, Centro, Bomba del Amparo, la terminal de trasporte, se ven como parte “normal” del panorama cotidiano.

Este es un problema de vieja data al que las autoridades de turno se hacen ciegas y algunos medios de comunicación invisibilizan o guardan silencio. Problema en que el Estado y las autoridades de Cartagena, al igual que la empresa privada tienen una deuda histórica con la ciudad.

Ante a esta realidad, asaltan dudas y preguntas. ¿Dónde queda la democracia más sólida del continente que tanto cacarean  senadores, ministros y mandatarios? ¿Dónde está el estado social de derecho que consagra la constitución? ¿Dónde queda tú  conciencia y dónde quedo yo con la mía?

 Esa misma indiferencia social con los que son discriminados alimenta odios y resentimientos que puede devolverse contra la sociedad. Algunos en su condición de enfermos mentales no pueden ser sancionados o castigados por la ley.

Si bien Confucio el filósofo oriental decía que no hay dar el pescado, sino enseñar a pescar, ese refrán fue válido en otros contextos. Este es un problema muy complejo, de fondo, aquí no basta con enseñar a pescar.

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