Pintándole colores a la música

Cledys Romero Ortega | cledysromero@hotmail.com | 17 octubre, 2019

Miguel Crespo nunca imaginó que los dibujos de cuadernos y cartulina que su profesora de la Institución Educativa del Líbano,  le llevaran a ser el pintor más cotizado de los picós medianos de los suburbios de Cartagena.  

Nacido y criado en Olaya Herrera, el sector más popular y gozoso del suroriente de la ciudad, este autodidacta se hizo dueño de una estética forjada en el ajetreo y las ganas, en el mismo lugar donde se recibe la más cándida sonrisa de la inocencia de un niño de negrura pura o el grito enyerbado y amenazante de un brabucón de champeta. Ese fue su taller y galería, allí donde se baila por que se vive feliz o se padece así sea cantando. Donde aprendió que es imposible gozar, comer, hablar… hasta pelear sin la música suya de todos los días, su música cotidiana e infame que se disfruta hasta la última gota de sangre o sudor cuando cala hasta los huesos.

Hombre de voz pausada pero de conocimiento aventajado de las mejores melodías de los picós que han hecho historia en los estaderos y verbenas.

No olvida la voz de aliento de su padre Pedro Crespo Mejía, un artesano de Calamar, Bolívar, que llegó a la ciudad en el viejo tren que recorría las entrañas rurales del norte del departamento hasta el Magdalena. Él era un admirador entusiasta de sus vivarachos trazos con lápiz de grafito número dos. Igual en la escuela. “Mi maestra me ponía a dibujar en el tablero y me encomendaba todos los trabajos que tuvieran que ver con dibujos e ilustraciones, esto me convirtió en su mano derecha al ser el ilustrador de las diferentes materias; fue aquí donde empezó mi entusiasmo por el arte”.

La sensibilidad pictórica de Crespo hunde sus raíces en los ritmos afrocaribeños y en el imaginario mestizo popular.  Quienes saben de su obra lo miran como un artista persistente y de una humildad puesta al fuego. Tiene bien claro el costo del camino que lo trajo donde hoy está. “Durante mis estudios de secundaría empecé una nueva etapa, me especialicé en avisos de establecimientos comerciales. Recuerdo que el primer trabajo se lo hice a la lonchería Los Guayacanes  y, de ahí, a muchos negocios que me buscaban para hacerles su publicidad visual, nunca me faltó este tipo de trabajos por mucho tiempo”.

El auge de la cultura picotera de mucho arraigo popular en Cartagena movió su espíritu para plasmar los colores de instrumentos, el entorno y los bailarines. Con sabor  y tumbao vino  inspiración y búsqueda de su arte. Los encuentros picoteros le prendieron la musa y la oportunidad para relacionarse con los curtidos y solicitados pintores barranquilleros. “Cuando venían lo primero que yo hacía era verlos pintar y retocar los picós que en el momento tenían mucha aceptación en la ciudad. Mi contacto con “Alcur” y “El Velimas”, con estos dos maestros, me permitió conocer su mundo artístico, me aportaron mucho para lograr lo que hoy soy y he ido plasmando en muchos picós y turbos que han ido surgiendo en Cartagena”.

El Primer cañamazo que pintó fue el del equipo “El Lucero”, en el  año 1984. Tenía 18 años y todas las ansías de tragarse al mundo en dos bocados. Después “El Pasky”.

Cuando trabaja no requiere de mayores parafernalias ni aditamentos especiales. Se ubica en el patio, la sala o la terraza y, al son de jíbaros y salsa, da cabida al universo en sus pinceles manchados. Así, con más imaginación que inspiración, ha creado la secuencia fantasiosa y exigida de los frontis de El Guajiro tira flecha, La Ley, El Terremoto, El Piragüero, El Monono, El Dairo Estéreo, El Papá Latino, El Swing Latino, El Psicodélico, El Nuevo Huracán, El Charli, El Junior Estéreo, The Lawyer, El General, Papa Montero, Míster Robert, The Gordy, El David y muchos pequeños turbos desperdigados en la sabrosa geografía de barrios y pueblos fiesteros de la Costa Atlántica.

Cuando el espectador corriente observa su mano en las máquinas sonidistas aprecia un trabajo satisfactorio de innegable riqueza estética y abundante sugestión. La gente se deja extasiar por la viveza y la luz de sus estampas. Baila y no deja de mirar los finos o rústicos detalles que retratan el alma de la calle y la de su gente real que no sabe del arte de los museos pero que se siente identificada con esos monicongos y objetos cotidianos, de la vida alegre o sufrida de su zona excluida. Pero también hay presencia de la otra vida, opulente e ilusoria, que sale en las películas, en la tv o en las propagandas de las emisoras.

Tiene 54 años activos en su pequeño taller. Siente el apoyo incondicional de su familia, de su esposa Cecilia Verbel y de sus cuatro hijos.  Observa satisfecho que el mayor, Miguel junior, ha heredado su vena artística. Es un aventajado estudiante del programa de artes plásticas de la Institución Universitaria Bella Artes y Ciencias de Bolívar, UNIBAC. El padre consagrado reconoce que su muchacho tiene su propio estilo. Siente que el apoyo es mutuo, comparten ideas y criterios para enriquecer a cada obra que emprenden.

Como creador ha recibido muchos reconocimientos, la mayoría de afecto y gratitud de quienes admiran su trabajo artístico. Pero reconoce que el mejor premio ha sido observar en vivo el efecto de su creación en los admiradores. “Cada vez que voy a una presentación de los picós que he pintado, siento una emoción infinita que me hace sentir parte de mi gente y de su cultura, me hacen pensar que su patrimonio y legado cultural está vivo, que tenemos que procurar que se conserve en el espacio y en el tiempo, y que aparatos pongan a sonar todos esos éxitos que fueron memorables en una época de oro que se añora y no se quiere olvidar”, reflexiona.

Miguel Crespo desde la terraza de su casa muestra su talante de hombre sencillo, bondadoso, solidario y de pocas palabras. Promete que seguirá matizando el alma de los cantares del Caribe hasta que Dios se lo permita.

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