LOS FANTASMAS DE LA INFANCIA

*Héctor Castillo Castro | hcastillocastro@hotmail.com | 26 febrero, 2021

El Caribe posee un extenso acervo de supersticiones mágico religiosas y relatos fantasmagoricos que enriquecen su historia y su cultura. De esa tradición ancestral plurietnica aún se mantiene, entre otras, la creencia, que asustar a los niños con espantos, locos, brujas y apariciones pueden corregir sus resabios, caprichos y malcriadeces.

Esta ley reinante en la época, resultó innecesaria para el “Chichi”; un muchachito retraído y dócil, de mirada melancólica que acostumbraba manotear a las novias de sus hermanos cuando le acariciaban el cabello, se escondía en el patio ante la llegaba personas extrañas a su casa, le rehuía al colegio y las fiestas, se inhibía de enamorar a las chicas, aún más, se corría cuando alguien le presentaba una de ellas.

La timidez marcó su infancia, tenía dificultades para relacionarse, es probable, que esa actitud temerosa fue consecuencia de algún trauma originado por la separación de sus padres, o tal vez, se debió a la sobreprotección con que lo abrumaron su papá y hermanos, lo que generó en el inseguridad y desconfianza hacia los demás.

A comienzos de los años setenta, luego de la ruptura familiar, el niño quedó bajo la tutela de su viejo, su mamá se fue a vivir a Santa Catalina del Mar, con frecuencia se le veía rondar el poblado donde vivió con su pareja y el pequeño, al que intentó raptar de manera infructuosa. Ante esta circunstancia, su exmarido envió al pequeño a casa de una sobrina en Santa Cruz de Mompox, Bolívar, un municipio lejano de su aldea.

Exiliado en un pueblo en el que, según la tradición, las brujas y espantos merodeaban sus calles por las noches y madrugadas, el pequeño de mirada triste, no escapó a estos terríficos personajes. Fue sometido a continuos acosos por su melindrosidad y falto de apetito. Con cuchara en manos, la prima lo presionaba injustamente con echarle la loca del pueblo sin saber el daño que causaba en su alma inocente.

Frecuentemente lo asustaba con la loca Leonor, una vieja harapienta de mandíbula batiente y manos temblorosas que deambulaban con un bastón por las pedregosas calles del pueblo.

Tan pronto veía aparecer aquel rostro de bruja escuálida, se escondía detrás de un mueble viejo, parecía un conejillo con respiración agitada. En su inocencia creía que así podría salvarse del tétrico espanto. Mientras tanto, su allegada con risilla chistosa le señalaba el escondite al que Leonor se acercaba en forma parsimoniosa.

El golpe del bastón en el piso hacía más angustiante el momento. Con mano palpitante lo intimaba y soltaba una carcajada estrepitosa que se confundia con el grito del niño. La vieja, no cesaba de reír, daba media vuelta y emprendía su errante caminar, dejando al «chichi» difónico con cara enrojecida.

Después de varios meses de destierro, su padre mandó por él con uno de sus hijos, lo trasladaron a casa de una hermana en San José de Alborada, creía que ésta podría brindarle cariño y protección maternal, mientras él se instalaba en otra población y le conseguía cupo en un colegio cerca de su nueva residencia.

 Irónicamente, la pariente no fue la más indicada para atender al chiquillo, su talante burlesco, no tenía limites, acostumbraba ponerle apodos hasta su propia sombra. En efecto, el chiquillo no escapó a las chanzas de su tía, lo bautizó el carrito de la «Kola Román”, por su adicción a las gaseosas. Le llevaba un “vale” de todas las que consumía al mes en el ventorillo que tenía en una vieja casona ubicada en la plaza principal del pueblo, lugar en el que los días se hacían eternos en medio de la pernicia de borrachines que frecuentaban el improvisado estadero.

La historia se volvió a repetir, cada vez que su sobrino “pendejeaba” con las comidas, acudían al duende del pueblo, el “Careto”, joven sordomudo de piel despigmentada y pecosa con retraso mental, parecía un zombie sacado de una película de terror. Al notar su presencia, corría y se encerraba en un cuarto y se ocultaba detrás de una cama.

De manera premeditada, sus primos colocaban un taburete en la puerta para que el “caretejo” se asomara por una hendidura y lo asustara. Emitía un gemido de “mono aullador”, ante el cual, el chico berreaba en forma angustiosa. Estos padecimientos los calló por mucho tiempo, no los contó a su padre por miedo a las represalias de su tía y primos.

Para la época sonaba con resonancia “El Carreto”, un fandango que le canta al árbol de madera maciza con que se hacen manducos para refregar las ropas sucias, pieza grabada por la banda 20 de Julio de Repelón, Atlántico, cuyo título fonéticamente parecía recordarle al siniestro personaje que le atormentaba la vida:

Mujeres gocen el carreto que es igual guayacán que con este es más derecho y es más sabroso pá lavar”. Estribillo que los primos le cambiaban el sentido para acosarlo. “Allá viene el careto y te va llevar, allá viene bien derecho y nadie te va a salvar”.

Andaba prevenido y sugestionado, con solo con escuchar la melodía del “Carreto”, sentía escalofrío, entraba en pánico, se imaginaba que este se le iba aparecer, corría como cervatillo que huye de las fauces de una fiera salvaje.

El atolondrando espectro de piel manchada que tiraba piedras para todos lados cuando era hostigado por la peladera del pueblo, tuvo un desenlace fatal como película de terror. Se dice que, tras sufrir un ataque de epilepsia, terminó ahogado en una poza, unos campesinos lo hallaron en estado de descomposición en una orilla, tenía la cara con heridas de dientes de perros.

La trágica noticia se propagó como un fuerte centellazos por los recovecos del pueblo. A pesar del miedo, el niño decidió comprobar los rumores, llegó hasta la iglesia donde le dijeron que era velado, aún recuerda la tétrica escena en la que, según él, debajo del féretro aleteaban moscas sobre las gotas de sangre que caían de manera intermitente al piso. Al verlo rígido en el ataúd, suspiró profundamente, sintió un alivio en el alma.

Pensó que con la partida del “Careto” se acabarían sus tormentos. Al poco tiempo, sus parientes lo intimidaban con la “churria”, una vieja de cabellos desgreñados, piel costrosa y altanera que vendía pescado y cojeaba de una pierna. No escapó a las lenguas esquineras y sin oficios que ametrallaban sin piedad a todo aquel que se cruzara por el lugar.

Este tipo de asechanzas aumentó su inseguridad y timidez. A pesar de estar rodeado de familiares siempre se sintió sólo y desprotegido.

Los continuos acosos le provocaron pesadillas, soñaba constantemente con jinetes de capirotes negros que recorrían las calles del pueblo a altas horas de la noche. los que apresaban a chicos que vagaban por las calles y metían en costales y luego arrojaban en hogueras. Esta alucinación hizo que una vez que salía del cine por las noches, pegara una carrera a casa para evitar toparse con algún esperpento.

Para felicidad del chiquillo, su padre se lo llevó a vivir a la ciudad de los Santos Reyes, donde residía con su nueva compañera e hijos. El cariño y el afecto del viejo y hermanos, la distracción que encontró en la serie del Chavo del Ocho, la amistad con el “Cotu” un loquito con alma de niño con el que cantaba baladas y vallenatos, en cierto modo, ayudaron a exorcizar a esos demonios y malos recuerdos.

Como señal enviada de Dios, su padre lo sacó a tiempo de ese ambiente lúgubre y malsano, en el que muchos chicos no corrieron con la misma suerte.

Por un largo tiempo dejó de ir al pueblo, guardó resentimientos con los familiares que le hicieron daño. Con la madurez de los años los perdonó, cicatrizaron las heridas, comprendió, que tal vez, también fueron víctimas de las frustraciones, traumas y del perverso acoso al que hoy llaman Bullyng, que ha dejado daños en la salud mental de la tierna infancia.

Esta enquistada tradición que aún pervive en la región de acosar a los infantes con locos, espantos y gente con deformidades fisicas, casi siempre, los lanza al espiral sombrío de las drogas, al sin sentido de la vida y puede llevarlos a una profunda depresión, de las que muy pocos logran salir. 

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