LA PELÍCULA Y MILAGRO DE MI NACIMIENTO

*Yamil Escalona Castilla | | 14 junio, 2020

En estos días de encerramientos como docente me ha tocado en la distancia continuar con mi trabajo con estudiantes a través de email y WhatsApp. Entre las múltiples actividades y tareas me llegó una hermosa historia de vida de una niña, la cual quiero compartir con ustedes lectores de revistamargen.com.

“¿Cómo fue mi nacimiento? Me cuenta mi abuelita que el veinticuatro de junio, siendo las cinco de la mañana, se despertaron por el sonido de la música de una banda de porro, anunciando la alborada. Cuando los músicos llegaron al frente de la casa mi mamá, ella sintió que algo se le movió en la barriga. Inmediatamente llamó a mi papá diciéndole que tenía un dolor, pero mi padre, para tranquilizarla le dijo sonriendo que eso fue la música, que este hijo iba hacer bailador. 

“Mi abuelita decidió hacerle una toma de toronjil que mi madre se tomó rápidamente, pero, aumentaron los dolores y decidieron llevarla al puesto de salud del pueblo. Abuela dice que montaron a mamá en una mecedora que sirvió como ambulancia.  Muchos curiosos que salían preguntaban qué le había pasado, algunos se quedaban observando, otros se sumaban como buenos samaritanos ayudando con la carga.

“Cuando llegaron al centro médico los recibió una enfermera que le tomo la presión y los pasó al consultorio. El médico la examinó y paso una receta a la enfermera.  Ella le dijo a mi padre que tenía que conseguir urgente estos medicamentos que aquí no hay ni para una jeringa. Papá cogió la formula y corrió hasta la farmacia. Cuando le dijeron el valor de los medicamentos, mi padre juntó todo lo que tenía en los bolsillos y lo que miró no le alcanzaba ni para una aspirina.

“Entonces, desconsolado, salió a la plaza, mirando a todos lados a ver si encontraba una solución o alguien que se la diera. Como era día de fiesta del patrono, San Juan Bautista, observó que mucha gente entraba y salía del templo. Sin pensarlo dos veces decidió entrar, se arrodilló al frente del altar del santo, se persignó y empezó la siguiente oración a su manera campesina: ‘…San Juancho, si tú me ayudas a salir de esto te prometo que camino toda la procesión de rodillas, hoy en tu fiesta’. Cuando terminó de orar y prometer, se paró frente al atrio para distinguir a alguien que le acudiese…se decía: ‘no hay ni un político a quien pedirle…’. Al salir del templo observó una multitud en la vía principal y corrió al sitio, allí se encontró que había una competencia de carrera de sacos y el premio era en efectivo. Buscó la forma de participar, supo que había más de veinte competidores inscritos. Pero se anotó. Frente de ellos se ubicó uno de los organizadores que les dijo que cuando sonara el pito debían partir.

“Así fue, a la señal salieron todos, pero mi padre tuvo la mala suerte de enredarse con varios participantes y todos cayeron al piso raspándose las costillas, los codos y dándose un golpe en la frente. Esto no fue impedimento, como un resortico se levantó, no le importo ñóñoras ni los dolores. Con la caída también sucedió algo a su favor, su costal de fique se había roto y los dedos de los pies le quedaban afuera esto le sirvió para tener un mejor impulso y comenzó a saltar como un canguro sobrepasando a uno, a dos, a tres, a cuatro…los espectadores, al ver esto, se emocionaron, lo animaban con gritos y aplausos. Más adelante le quedaban sólo dos contrincantes, entonces, desesperado, se acordó de San Juan. ‘¡Ayúdame, Juancho…!’, pidió con fervor. Faltando veinte metros para llegar a la meta alcanzó a los punteros y haciendo un gran esfuerzo los sobrepasó, cruzando la raya final de primero. 

“Los que estaban esperando su llegada lo felicitaron y se dirigió a recibir su premio, que era una buena suma de dinero. Después de recibir su recompensa llegó a la droguería, compró los medicamentos y los llevó afanosamente al centro de salud. Cuando llegó los familiares y la enfermera, al verlo magullado y sucio, comenzaron a gritar: ‘¿Qué te pasó? ¿Por qué estás herido?’. Él les pidió que no se preocuparan que no era nada malo. No había dado la vuelta cuando la enfermera le dijo: ‘tienes que conseguir estos otros medicamentos, pañales, jabón, y agua’. Sacó lo que le había quedado, eso no alcazaba para tanto. Entonces se dirigió a una tienda compró una vela, fue nuevamente a la iglesia, prendió su vela y se la puso al santo y le dio las gracias y suplicándole por otra ayudita.

“Al salir del templo, preguntó si había más competencias, le respondieron que ya iba a empezar la carrera de los cien metros. Caminó rápidamente y logró inscribirse. En la línea de cal de la partida busco ubicarse en un lugar estratégico y evitar que le pasara como la competencia anterior. Se sentía seguro y el nacimiento de su hijo lo animaba más. A la señal de partida salió disparado como bala de cañón, en esta ocasión iba bien posesionado, a la mitad de la carrera sólo había un oponente, bajó su cabeza para romper el aire más fácil y como un venado perseguido por perros de un cazador hizo su mayor esfuerzo: no lo podía creer, había ganado. Todos los presentes gritaban viva el dos veces campeón.  Compró todo lo que le habían pedido. Al volver preguntó si su hijo había nacido y le respondieron que ya casi.

“Salió a coger un poco de aire y se dijo creo que me merecía una cerveza. Cuando llevaba cinco se le acercaron unos conocidos que le propusieron medio en broma que si le gustaría ganar con nosotros la plata de la vara de premio. Él sonrió y les preguntó que por qué venían donde él, además, que en ese momento estaba esperando que naciera mi hijo y que estaba un poco agotado. Ellos le respondieron que se habían dado cuenta que ese era su día de suerte… y que con sus habilidades podían lograrlo que, además, que ese era el premio gordo de la fiesta y lo podían repartir entre ellos. Le recalcaron que era una buena suma y tendría como comprarle más cosas a su hijo. Al final accedió aventurarse, cuando llegaron al sitio, este estaba bien lleno, pues, era el concurso más atractivo. Mi padre y su equipo decidieron usar una estrategia: esperar que los más osados empezaran y de esta forma quitarían poco a poco la espesa grasa que cubría la altísima vara. Uno a uno iban pasando y los espectadores se gozaban los fallidos intentos. El equipo de mi padre notó que era el momento oportuno decidieron subirse a la vara. Cada uno de ellos tenía en su bolsillo arena, hicieron una escalera humana, se iban turnando poco apoco fueron escalando, al final lo lograron, en el copito del tronco resbaloso alcanzaron la bolsa con el premio mayor.

“Me contó mi madre que mi padre me conoció tres días después de nacida, durante ese tiempo se la pasó en juerga compartiendo con sus amigos y familiares. Cuando, por fin apareció con cara de guayabo, traía uno vestido de varoncito, él no sabía que ese anhelado primogénito era una niña.

“Y desde ese día, cada año, que llega el veinticuatro de junio cuenta a las nuevas generaciones sus hazañas y como fue mi nacimiento”.

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