Joe y la plaza de sus amores

Nicolas Simarra | | 18 octubre, 2019

La mítica plaza a la que Joe Arroyo, nombraba en sus canciones- Archivo particular.

A la plaza Majagual de Sincelejo le rindió tributo, una y otra vez, la música de Álvaro José Arroyo. Este emblemático lugar exaltado con: “¡en la plaza de Majagual, Sincelejo, a júa…!”, fue su muy particular formula de manifestar amor y agradecimiento a ese pedacito de sabana que se le prendió desde adolescente, cuando, desbordante de ilusiones dio sus primeros pasos en la aventura de encontrarse en la vida.

Donde estuviere, el recuerdo de la ciudad de Sincelejo era ese escenario musical donde reinaban los Corraleros de Majagual; la agrupación más escuchada y bailada en la Costa Caribe en las décadas de los 60 y 70. María Sanmartín, de 80 años, Facundo Díaz, de 72 y Felipe Escobar de 71, sucreños de pura cepa, coinciden en exaltar: que era la mejor orquesta de Colombia. Allí estaban los músicos más renombrados y virtuosos de la región, entre ellos, Calixto Ochoa, Alfredo Gutiérrez, César Castro, Julio Cesar Estrada “Fruko” (único paisa), Lisandro Meza, Rubén Darío Salcedo, Lucho Pérez, Eliseo Herrera y Chico Cervantes, entre otros. Por eso, la plaza y esa exitosa agrupación eran una impronta en la mente del muchacho. Tras la huella de los geniales corraleros salió Álvaro José, para beber en la vigorosa fuente de una tradición cultural que fusionaba lo agrario con lo urbano naciente. Invitado por el compositor Rubén Darío Salcedo se estableció en los alrededores de la Plaza, seducido por músicos y trovadores que, noche tras noche, aireaban querencias que sublimaban su inédito corazón. La raíz de estos amoríos estaba en que el lugar tenía un espíritu provinciano y fiestero, que transpiraba entusiasmo y autenticidad campechana. Le atraía por ser un sitio privilegiado donde confluían múltiples actos de jolgorio popular, como el Festival Sabanero de Acordeón o el tradicional 20 de enero, la más importante celebración de Sincelejo.

La Plaza Majagual, el gran punto de encuentro de los sincelejanos, hace más de medio siglo, era una polvorienta explanada rodeada de casas de bareheque con techos de palma o cinc. Su tradición convocaba romerías de espíritus regodeantes en noches de fandangos, acordeones y homenajes que encendían pasiones y conquistas amorosas. Ahí el mulato de la heroica se asoció al súper combo Los Diamantes, de Rubén Darío Salcedo, hombre admirado por su gestión folclórica en el ámbito sabanero y creador de “Fiesta en Corraleja”, insigne porro considerado como el himno de la capital de Sucre… “Ya llegó el 20 de enero, la fiesta de Sincelejo…”

Salcedo fue uno de los mentores que oriento el talento musical represado del cartagenero, fue quien le nombró Joe Arroyo, en 1970, para el mundo artístico. “Me lo traje bajo la única condición que me puso su mamá, la señora Ángela González, que tenía que seguir con sus estudios… pero Joe, no cumplió con eso, su entusiasmo era por la música. Siempre lo veía en esta plaza con unas amiguitas”.

Muchas experiencias se dieron en la célebre plaza. Amores fugaces, encuentros con amigos, la musa inspiradora, la religiosidad, la melancolía, la austeridad económica, y el baile cadencioso, entre otras. Pero, sin duda, la marca más duradera fue cincelada por el colorido musical del patio Caribe en que rebosaban espontáneos fandangos, porros, gaitas y cumbiones.

Ese incondicional amor por el terruño sabanero lo sustentó cálidamente en presentaciones y en una larga lista de grabaciones. “A mi Dios todo le debo”, La Fundillo loco”, “Cantinero”, “La Rumbera”, “Mosaico de la Chula y la Cocha”, entre tantas

Ahora, cuando el genial mulato que la universalizó está sepultado, la plaza del barrio Majagual ya no es escenario de las fiestas en corralejas ni de acordeoneros de sabana, no luce rodeada de casitas modestas, es territorio resplandeciente y visible. Hoy es un moderno parque cultural, epicentro de la vida sincelejana. Le encalaron un gigantesco sombrero vueltiao mineral. En su adoquín resalta un vistoso diseño aborigen de filigranas tuchinenses. Los ranchos fueron reemplazados por parqueaderos, cajeros automáticos, restaurantes de comida rápida y venta de artesanías. En su interior adecuaron camerinos, fuentes de agua, palcos y 6.300 metros cuadrados con capacidad para 12.000 personas frente a una tarima desarmable para encender guapirreos delirantes, a golpe de cueros y bombardinos, que reviven a la legendaria Pola Becté. Y fue en ese remozado emporio de la capital cebuista donde se hizo reconocimiento en vida al hombre que inmortalizó a la plaza, honrándolo con la categoría de “Hijo Emérito”. Ese día miles de sucreños le gritaban: “Joe, Joe, Joe, Joe, Joe, Joe…” y, de nuevo, volvió a ser muchacho y cantó como antes, pero, en un tono más vencido.

El ídolo se agigantaba de la emoción. Voces, pañuelos y sombreros lo aclamaban. Sus ojos se nublaron, con palabras entrecortadas agradeció el gesto de los sabaneros: “¡Pueblo sincelejano, los amo! .

Para Joe, como lo reconoció ese día, este galardón tiene un enorme significado histórico en su carrera musical, por el contrario, para la mayoría de concurrentes en la Plaza Majagual, ese tributo no bastaba, pedían que se levantara en un ángulo más visible una estatua de aquel muchacho de mirada lejana que, al realizar su sueño inmortalizó a un pueblo.

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