El errante acordeonista más desconocido

Héctor Castillo Castro | | 26 septiembre, 2019

UBALDO ROA RANGEL: “El  errante acodeonista más desconocido”

La sinfonía de los gallos  anuncia un nuevo día.  De una humilde vivienda situada en la carrera 22 con 19 de Luruaco, Atlántico parte un anciano con lentes prominentes, cabellos entrecanos rapados, piel tostada,  vestidura  decolorada. Sus pies  son protegidos por unas desgastadas chanclas “cauchosol” con la que da pasos inseguros por las polvorientas calles,  apertrecha un viejo acordeón deteriorado de dos teclados,  en la otra mano  porta un vaso de plástico donde recoge las monedas de la supervivencia.

Al llegar a la avenida principal, un joven “bollero” del pueblo  le ayuda a cruzar,  espera la llegada del bus intermunicipal que lo conducirá a Cartagena. En el viaje guarda  silencio en medio de bullicio  de pasajeros. A su arribo a la Heroica a las 8:30 a.m  pide al conductor que lo deje  a la entrada del terminal de Transporte, hace el trasbordo al bus urbano de ruta Pozón-Centro. El “sparring” lo ayuda a ascender, descubre la ausencia de pasajeros. El “ratoneo” del chófer delata la situación. Al percibir  compañía se pone de pie acude a su cotidiano ritual:“Bueno, amigos colaboren con este pobre ciego, yo canto en buses  para llevar la comidita a la casa. Regálenle una monedita a este pobre ciego, esta es la forma como yo me rebusco la vida.”

Abre el malogrado acordeón, ráfagas de aire se escapan del fuelle, con voz carrasperosa entona una obra popularizada por el extinto Abel Antonio Villa: “La camaleona”

“Una señora que vive en la sierra

yo llego a su casa y está muy celosa,

yo la vi con una soberbia señores,

con la espuma en la boca.

Coro

“Con la espuma en la boca” (Bis)

Le pregunte porque estaba tan brava

me le puse al frente que diera los motivos

ella dice que a la casa

no llega la familia del marido(bis)

Finaliza su presentación con una obra de autor desconocido que coincidencialmente refleja parte su tristeza existencial: “El pobre ciego”.

Hoy que soy un pobre ciego

Que necesito clemencia

Hoy que soy un pobre ciego

Todo el mundo me desprecia

Hoy todas mi amistades

Todos huyen de mí

Como no tengo riqueza

Ahora que estoy en la pobreza

En la ruina me quedé…

Al finalizar la tanda musical camina lentamente a los últimos “puestos” con paso de niño que aprende caminar, recoge la colaboración de los pasajeros. Agradece la generosidad, se baja del “Intermedio”. Es medio día canicular, la Pedro de Heredia, parece hoguera medieval,  el sudor corre a chorros  por su amplia frente, limpia su rostro con un pedazo de trapo que saca del bolsillo trasero,  decide almorzar, hace  pausa en su agotadora faena, llega al Mercado Bazurto,  en un improvisado restaurante callejero  sacia el hambre con una de sopa de mondongo. Más tarde aborda una nueva ruta, continúa con la rutina musical. Fenece la tarde, emprende el retorno a su pueblo.

Este es un día como cualquier otro en la vida  de  Ubaldo Roa, un  septuagenario que vio el primer destello de luz en Luruaco Atlántico el 8 de Enero de 1934,  desde entonces ha tenido que sortear caminos escabrosos  de penumbra  y pobreza.

LA MUSICA: RESILIENCIA PARA LA LUCHA

Desde temprana edad sintió atracción por la música. Las primeras percusiones   las sacó a latas de aceites que hacían las veces de caja, aprendió más tarde a tocar  platillos y redoblante. Su interés por la música llevó a su abuelo Isaac Rangel a comprarle un bombo y una guitarra a la que no pude arrancarlo ni un solo acorde.

Las cantaletas diarias  que daba  al abuelo lo convencieron  para que  le regalara un pequeño acordeón que le compró en Barranquilla,  contrató a Isaac Vásquez un viejo acordeonero  del pueblo para que impartiera las primeras clases, al final no aprendió,  de manera autodidacta logró extraerle al fuelle: “La piña madura”, su primera interpretación. La vena musical dice  heredarla de su tío Rafael Roa, un trompetista de banda de pueblo.

VIDA ERRANTE

Las fritangueras y vendedores de arepa de huevo de Luruaco vieron transitar por muchos años a un joven músico con asomo de ceguera  en compañía de otros pelaos de su edad llevando serenatas a parejas de enamorados.

A este músico errante muchos niños del Caribe lo confundieron con el poeta  Ciego Leandro Díaz. Entre 1953-1954, decide proyectar su talento más allá de su aldea y ganarse un pesitos extras. Las plazas a conquistar eran Barranquilla, Santa Martha y Cartagena, ciudad donde vivió al lado de su madre Carmen Rangel en el barrio Lemaitre por espacio de 12 años.

LA FAMILIA

Ubaldo, nació en el seno de una familia humilde. Sus progenitores  Tulio Roa y  Carmen Rangel fueron personas de raíces campesinas. Al parecer, tuvo mayor cercanía con el abuelo Isaac Rangel quien tendió su mano para que enfrentara la vida en medio de sus limitaciones visuales. Le enseñó a negociar  la compra y venta de maíz y yuca cuyo principal mercado fue Barranquilla.

 El dolor y la tristeza han marcado la existencia de este invidente. Huérfano prematuramente, le tocó igualmente experimentar el dolor por la partida sin regreso de Catalina Pacheco su siempre amada, con quien tuvo  varios retoñitos: Rosiris, Carmen, la que según él, lo socorre, y Ubaldo su lazarillo por muchos años de correrías musical. Hoy comparte su vida senil al lado Gladys Franco con quien tiene una hija.“Los papás de Catalina eran amigos míos, iba a ser mi esposa, era la mujer que yo más quería, me dejó los pelaos. Ahora vivo con Gladys que es la dueña de la casa donde vivo. Con ella tuve una sola hija  Ana Mercedes. Tengo otra  hija que tuve con mi primera mujer, que es Carmen, vende cervezas pa ganársela vida, vive aquí en Luruaco, es la que más me ayuda a mí para los alimentos.”

LA CEGUERA

 Un problema congénito nubló su vida: “La Catarata”. Con los años fue perdiendo progresivamente la vista. Operado en Cartagena en 1979 en el extinto  Club de Leones, por el doctor Guillermo Verbel, intervención quirúrgica con la que logró arrebatarle un poco de luz a su ceguera. En homenaje al insigne médico le compuso una canción.“Después que el Doctor Verbel  me operó yo lleve el acordeón y se la toqué y el la grabó en un casette. A ese oculista le debo la vista. Le doy las gracias a el porque ya salgo sólo. El fue muy bueno conmigo, me daba que si los 15, los 20 o los 10 pesos. Aunque me han quedado defectos en los ojos, ando solo. Antes andaba con un hijo Ubaldo, el me llevaba de manos. Ahora veo alguna pendejada.”

El veterano ciego tararea apartes de esta obra musical.

“ Hice esta composición para un amigo fiel

El que operó a Ubaldo Roa

Que llaman Guillermo Verbel

Pero nadie lo creía

el caso de Ubaldo Roa

Le dio una miguita vista

Guillermo Verbel.

CODO A CODO CON  GRANDES DEL ACORDEON

En su agitada vida musical tuvo la oportunidad de conocer y codearse con músicos celebres a los que admiró profundamente, pero también descubrió  sus limitaciones interpretativas. Con orgullo comentó que a uno de estos acordeoneros enseñó a ejecutar aires  inexplorados.

“Conocí Abel Antonio Villa, Lisandro Meza, Alfredo Gutiérrez, cuando me veían me entregaban el acordeón. Con  Lisandro me fui una vez de Luruaco para Cartagena le fui tocando en el camino, iba muy alegre y cuando allegué me regaló 30 mil pesos de su voluntad. La música que me gusta es el vallenato, cuando estoy tocando  y me piden una serenata es que toco un valse, o un  pasillo, porque ahí si me cojo  a un poco acordeonero. Ellos no saben tocar pasillo, se tocá un valse. A mi me gustaba también la música de viento y allí se toca valse, paso doble. Eso lo tocó  en el acordeón, todo el  mundo no le entra a eso. Esto lo probé con Calixto Ochoa en Repelón en una fiesta de San Antonio, le dije: te voy a tocar una pieza, “Tristeza del alma”, esa la ponen en los matrimonios. Me dijo: “ahí sino entro yo.”

SU ETERNO COMPAÑERO

En medio de las escasas utilidades que deja el rebusque, Ubaldo obtuvo varias acordeones, hoy sólo posee  uno viejo de dos hileras, cuyo fuelle ha sido remendado con pedazos de esparadrapos y una lámina de aluminio con  apariencia de un “rallador” desgastado. “Yo tuve 3 acordeones,  dejé de tocar con conjunto ya no puedo tocar como antes. Hoy utilizo un acordeón viejita. Con esa acordeoncita  levanto cualquier cosita. Tengo como 18 años de tenerla. Las canciones que mas me gustan interpretar son de Abel Antonio Villa que se llama: Los orgullos de María”, “La camaleona” y otra que se llama: “El pobre ciego” se me olvida el nombre del compositor.”

ACTITUD POSITIVA Y PERSEVERANCIA.

Dialogar con Ubaldo Roa es entrar en contacto con un hombre de sabiduría existencial  y optimismo inquebrantable. Es de los seres que  no se amilana frente las adversidades diarias. Su actitud positiva es antídoto para combatir la tristeza y la ingratitud de la gente.“Gracias a Dios yo me siento bien a pesar de que estoy así con mi vista. No viajo todos los días pa Cartagena, a veces duro hasta un mes que no salgo de la casa. De salud ando bien, al señor le debo todo. La música no me dejado dinero, pero si le agradezco a Dios la inteligencia,  me hecho yo mismo, yo soy quien soy. Desde que mis padres me dejaron huérfano, solo me defendí. No he recibido apoyo del gobierno, hay tipos que me han dicho te voy a ayudar con esto pero no lo han hecho. Creo en Dios na más, si después de él no hay más na. Yo no voy a misa, pero la creencia la tengo en mi corazón.”

Sentado en un taburete en la antesala de su residencia en Luruaco, guarda silencio en el dialogo con el periodista, Ubaldo levanta el rostro, con boca semi abierta medita sobre lo efímero de la existencia humana, pide a los suyos que el último adiós le sea dado con notas de fuelle. Con  leve expresión de alegría, sentenció: “El día que llegue a morir quiero que me toquen  una pieza pá que diga la gente: El difunto se rebuscaba con el acordeón.”

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